TELETRABAJO EN ODONTOLOGÍA

Josep M. Ustrell Torrent
Vicedecano de Odontología
Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud. Universidad de Barcelona

Aquellos que estamos pasando el testigo a los que se gradúan en odontología tenemos la obligación de hacer memoria histórica para que se comprenda la evolución de una profesión empírica que, actualmente, ocupa un lugar de privilegio, ganado a pulso, dentro de las ciencias de la salud.

Siendo ancestral como la propia medicina, la odontología tuvo que sobresalir para demostrar que también la boca y los dientes son parte muy importante de las patologías que afectan al ser humano, aunque no se le atribuía como a la medicina, el poder sobre la salud y la vida.

La odontología empieza a tener interés por salir de la fase experimental con su incorporación a los estudios que se impartían en los Reales Colegios de Cirugía, donde se podía obtener la titulación de “Sangrador”. Ello ocurría en 1764 y durante todo el siglo XIX este oficio y arte fue ascendiendo progresivamente en el aprendizaje y el conocimiento. En 1843 el título fue de “Cirujano Práctico en el Arte de Curar”; en 1846 fue “Flebotomiano-
Ministrante”; en 1857 fue “Practicante” y en 1875 fue “Cirujano Dentista”. Es en el siglo XX cuando, en 1901 y ya con la incorporación de la mujer, se obtiene la titulación de “Odontología”; en 1948 la de “Estomatología” y, en 1986, de nuevo la de “Odontología”.

Este ascenso supuso llegar a la Universidad por méritos propios y, a partir de este momento, en Odontología se aprende todo lo concerniente a la fisiología del cuerpo humano y las patologías que pueden afectarle, llegando a la interdisciplinariedad con todas
las áreas de las ciencias de la salud.

Cuarenta años atrás, los que conocimos la odontología sin mucha prevención, hemos podido asistir, activamente, a la incorporación progresiva de las medidas higiénicas en salud, como los guantes, las mascarillas, los gorros, los pijamas, las batas quirúrgicas, los sistemas de aspiración, entre otros. Hasta este momento hemos dejado atrás los instrumentos propios de museo, como la jeringa Yutil, por poner un ejemplo, y hemos llegado a incorporar los implantes que en ortopedia ya se utilizaban desde los años 70 del siglo pasado, pero también, en estos años, la profesión ha tenido de cohabitar con múltiples virus, como el de la Gripe A, de la Hepatitis, de la SIDA, del Ébola o el actual de la COVID-19. La diferencia, esta vez, es que la epidemia ha venido para quedarse y cambiar el mundo, sus hábitos y costumbres. Unos cambios que van a hacerse permanentes y mal no está, pero sentiremos añoranza de las costumbres.

El/la dentista que trabajaba de una forma muy próxima al paciente, se ha convertido en un/a profesional con “barreras” que, si son físicas son comprensibles, aunque molestas, pero si son de interacción social podrían ser un desastre en la relación dentista-paciente y en el propio resultado de la resolución del problema.

Las condiciones de la práctica odontológica son similares a las de la cirugía en el quirófano, con evidentes diferencias y la salvedad temporal, las horas de trabajo bajo todas las medidas EPIs de protección legalizadas. Cuando Europa está cerca de sufrir una segunda ola de la pandemia, la profesión está preparada para resistir mejor y poder seguir con la atención a la población.

El profesorado universitario deberá asumir el rol de la formación en el nuevo escenario y organizar las prácticas clínicas según estas prevenciones, ello formará parte de una actitud ética en la interacción dentista-paciente. Pero nadie debe olvidar la figura del tutor/a, que tiene un papel fundamental para transmitir esta actitud además de la aptitud. Ahí entra la palabra teletrabajo o teleodontología, en nuestro caso, que la nueva situación social parece aceptar de forma sumisa. A nuestro entender ha de ser sólo un complemento, no una única forma de aprender una profesión, eminentemente práctica, que no actúa sobre máquinas sino en personas. En @CIDUI (2-7-20) se planteaba que “debemos repensar la presencialidad”.

La situación a la que hemos llegado por las consecuencias de la pandemia, afecta a muchos colectivos y en algunos casos con problemas muy graves. La universidad también padece la
problemática y los alumnos sufren el cambio que ha supuesto la enseñanza presencial a la virtual. El profesorado hace todo lo que puede porque esta diferencia tenga las mínimas repercusiones posibles. A pesar de todo, hay aspectos que tendrán unas consecuencias graves, y me refi ero al alumnado de los estudios de máster en especialidades clínicas.

La consecuencia más alarmante es la falta de práctica clínica que se ve disminuida por la reducción de lugares de trabajo, lo cual obligará a asistir a menos pacientes, y este inconveniente tardará tiempo en resolverse. Es por ello que hemos pensado en una posible solución.

La idea es que los alumnos, que ya son graduados en odontología, una vez hubiesen superado los tres años de máster deberían realizar una pasantía, de un tiempo a determinar, en la clínica de alguno de los profesores del área. Es el llamado Aprendizaje-
Servicio (ApS), algo similar a los graduados en Derecho.

Los alumnos ya no dependerían de la universidad, pero sí deberían poder convalidar las horas externas para completar la carga de créditos que han de cumplir en el máster. El problema sería de tema contractual porque el responsable de la clínica debería contratar al alumno, para cumplir con la legislación laboral.

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