La luz del faro

Alejandra Llorente
Odontóloga

Este año ha sido duro, y no creo en lo que dicen de que saldremos más fuertes. Salir saldremos, pero llenos de arañazos…

Por la pena de los que no pudieron vencer al virus, por el daño en la economía y las secuelas en la salud mental de todos.

No sé vosotros, pero yo estoy viendo muchos más problemas de ATM y fracturas dentales que antes.

Pero pese a estos tiempos extraños que nos están tocando vivir siguen sucediendo cosas que nos hacen sonreír y esto es muy necesario.

La risa es vital para que incluso en los tiempos más oscuros aparezcan rayos de luz. Cómo la luz de los faros que iluminan las noches para que los marineros lleguen a salvo a tierra.

Por esto os voy a contar las anécdotas que me han ido pasando. Seguro que entre todos podríamos escribir un libro.

El ritual del triage a veces resulta muy divertido, los pacientes aparecen a veces con una de las calzas de gorro y el gorro en los pies, o se van con las calzas y el gorro a la calle, que ya hasta el portero me dice que si he puesto un spa.

Luego los que se creen que los algodones para limpiar la nariz tienen que tenerlos todo el rato. Están los que se han bebido el enjuague de peróxido de hidrógeno diluido en agua pese a que les he dicho que lo escupan.

También ha aparecido un grupo que lo voy a clasificar como el de los “desdentados rebeldes”. Estos son los que dicen que como ahora con las mascarillas no les ve nadie pues que no se ponen las dentaduras o si se les rompen no se las arreglan. Me dan ganas de decirles que como llevan pantalones ya no les hace falta ropa interior pero luego me doy cuenta de que es mejor no darles ideas.

Al final no digo nada pero el día que vuelva todo a la normalidad van a venir corriendo como si fueran los San Fermines a que se lo arreglemos o a los nietos les van a dar un buen susto.

Todavía me acuerdo la primera vez que vi a mi abuela por accidente sin dientes, tendría unos cinco o seis años.

Escuché un ronquido tremendo por la noche y pensé que era un monstruo terrible y me metí corriendo en su cama, cuando la vi con los rulos, sin dientes y que aquel rugido lo hacía ella, salí de allí pitando.

Estuve durante meses sin querer acercarme a darle un beso hasta que mi padre me explicó cómo funcionaban las dentaduras.

Me quedé más tranquila y empecé a recabar información. Quizás en ese momento empezó mi vocación porque le fui preguntando a todos mis amigos sobre los dientes de sus abuelos. Lo mejor fue lo que me contó mi amigo Manuel, decía que su abuelo a veces se confundía y mojaba la dentadura en el café cómo si fuera una galleta.

Los niños los pobres también tienen lo suyo. El otro día me decía Pablito en la revisión que estaba muy triste porque le habían regañado en el colegio por haberse dado un abrazo con un amigo; que ya no podía ir a casa de su abuela a merendar y que para colmo yo ya no le inflaba el guante como si fuera un globo.

Se fue más contento después de que le asegurara que pese al confinamiento el Ratoncito Pérez sí que pasaría por su casa porque tenía permiso de trabajo.

Quizás en estos momentos, como Pablito, lo que necesitamos es creer en una ilusión para poder seguir llevando el día a día lo mejor que se pueda y sonreír de vez en cuando pese a que debajo de la mascarilla nadie nos ve.

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