El valor de lo intangible en la formación profesional.

Dr. Manuel Ribera Uribe, JMD, DDS, PhD
Profesor de Gerodontología, Pacientes Especiales y Prostodoncia
Presidente de Comité de Ética en Investigación y Medicamentos UIC Universitat Internacional de Catalunya

Hubo un tiempo en que el saber se concentraba, cual valioso destilado, en unas cuantas mentes de reputados sabios. Una hora después de morir en 1955, el cerebro de Einstein se extrajo del finado para que, de su análisis en 1999, más de 40 años después, se concluyera que habían algunas características morfológicas e histológicas que lo hacían singular. Si algo había en los genes y en el fenotipo del genial científico alemán los años pondrían el acento no solo en la genética sino en la epigenética, que ya para cuando nació el insigne físico se definía como «el estudio de todos los eventos que llevan al desarrollo del programa genético del individuo». A los que no tenemos una tan privilegiada herencia genética no nos quedó más remedio, una vez finalizada la “carrera” , que aferrarnos a los “eventos” para desarrollar lo que diera de sí nuestro intelecto en busca de la excelencia. Y, confiados en las enseñanzas de Aristóteles cuando decía que la excelencia no es un don sino un hábito, nos inscribimos a un montón de “eventos”: cursos, másters y congresos donde perfeccionar nuestras técnicas y aprender lo nuevo a la vez que recordar lo viejo, insistiendo tozudamente en repetir una y otra vez lo que ahí aprendíamos.  No puedo por menos de hacer observar que para el ínclito profesor resultaba más fácil perseguir la excelencia. A su ventaja natural podía añadir el que se dedicaba a perseguir átomos y teorías de trayectorias más o menos predecibles. Nosotros, los dentistas, médicos y otras “especies de científicos de la salud”, trabajamos con personas. Es mucho más complicado de definir el comportamiento del ser humano que el del átomo. Así pues hay un componente en nuestro oficio que no sigue patrones definidos, que no se aprende adquiriendo técnicas o siguiendo protocolos . Ahora que el mundo es tan global , que internet está en el centro de las comunicaciones y que no se puede ir a ningún sitio fácilmente a descubrir una técnica o un proceder que no hayamos podido consultar previamente en la web, es obvio que la excelencia no se consigue sin lo ”intangible”. Si difícil es aprender de lo que vemos, imagínense ustedes lo complicado que puede resultar para nosotros aprender de lo que no vemos. Si el bueno de Santo Tomás no creyó en Jesús hasta que no metió las manos en las heridas, ¿cómo van ustedes a creer?, dentistas acostumbrados a meter la mano (y no vean ironía alguna en la afirmación) que hay algo de cierto en poner en valor a lo “intangible”. Intangible es, en los “eventos”, el contacto con los colegas fuera de las conferencias, la escucha activa de las maneras de proceder de los profesionales más expertos, las anécdotas personales. También lo es en la consulta lo que te transmiten los pacientes en el día a día. El formato de congresos profesionales y cursos se ha visto desbordado por la dificultad de los profesionales para encontrar tiempo y para dejar de trabajar y por tanto dejar de ingresar. También por la ingente oferta de cursos y eventos. Probablemente la ciencia y la técnica podrán nutrirse de los eventos online que tanto han proliferado en estos tiempos de pandemia. Sin embargo, la relación humana, el intercambio personal y todo aquello que contribuye a dotarnos de herramientas para atender a individuos diferenciados y únicos, nada predecibles, llenos de matices y de motivaciones singulares, eso seguirá siendo el gran hecho diferencial de los eventos científicos con presencia física.

Una miríada de odontólogos, a tenor de la desgraciada proliferación de facultades de odontología, está esparciéndose por el país, llegando a todos los lugares donde hay bocas que atender. La técnica, los procedimientos y conocimientos adquiridos en esos centros de enseñanza facultan a los dentistas para ejercer en cualquier sitio. Sin embargo, lo que realmente marca la diferencia es precisamente lo intangible, la proximidad, el buen sentido, el conocer a nuestra gente; la parte humana que no se enseña en la formación continuada. Desgraciadamente no hay cursos específicos para eso, pero es precisamente en el intercambio entre colegas, en la atención personalizada donde radica la escuela de formación en lo intangible. De hecho la diferencia que el paciente podrá ver entre dos buenos profesionales va a radicar, dentro de un orden, más esos intangibles (aprendidos o innatos) que en la calidad técnica del tratamiento.

“no trates de convertirte en un hombre de éxito, sino más bien, en un hombre de valores” (Einstein)

Estoy seguro qué todos esos eventos que permitieron el desarrollo de la prodigiosa mente de Einstein guardaban más relación con lo “intangible”, con lo que conformó su genial pensamiento ético y su comportamiento, que con las características anatómicas o histológicas de su cerebro. La pura formación técnica del odontólogo a veces da la sensación de que confunde la excelencia con el éxito. El propio Einstein decía: “no trates de convertirte en un hombre de éxito, sino más bien, en un hombre de valores”. En ello estamos.

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