Los primeros libros de “Odontología”. Un hecho renacentista

    Javier Sanz
    Serrulla. Académico de número
    de la Real Academia Nacional de
    Medicina

    Cuando el historiador de la Odontología emprende el estudio de esta especialidad y lo hace desde la metodología de investigar el desarrollo de la misma a través del llamado “eje tiempo”, es bien andado un camino largo cuando da por fin con algún libro dedicado monográficamente al “Arte dental”. Se trata, como adelanta el título de este artículo, de un hecho enmarcado en el Renacimiento, lo cual provoca cierta extrañeza puesto que las enfermedades bucodentales han tenido presencia permanente en el hombre desde el comienzo de su existencia, tal como se comprueba en los estudios paleodontológicos más remotos.

    Hasta entonces, el abordaje de los padecimientos bucodentales suele hacerse en las literaturas médica y quirúrgica de forma muy dispar y así en la clásica distribución de las enfermedades a capite ad calcem -de la cabeza a los pies- se exponen éstas como propias de las que afectan a la cabeza y se van sucediendo las de los ojos, nariz, orejas… y boca,
    sin embargo estas últimas aparecen de forma muy dispar y en cada libro se puede calibrar la experiencia del autor como especialista de algunas de ellas, que por lo general es mínima, pues las tareas quirúrgicas bucodentales quedaron relegadas a los cirujanos menores por considerarse propias de ellos. En definitiva, lo reflejado por el autor no es sino un compendio de lo procedente de otros tratados también generales, siendo excepción quien refl eja una mínima experiencia.

    La edición más temprana de estas monografías odontológicas, Artzney Buchlein, surgió en Alemania, aunque tan sólo merece el calificativo de libro divulgativo, lo cual no quiere decir que careciera de utilidad, especialmente entre el pueblo llano. Por el contrario, veintisiete años después, en 1557, verá la luz en Valladolid el Coloquio breve y compendioso.

    Sobre la materia de la dentadura y maravillosa obra de la boca, un texto de idéntico tema pero cuyo contenido está dotado de un nivel científico superior pues no en vano la formación, mas no médica ni quirúrgica, y la experiencia de su autor así lo revelan. Aunque surge modestamente redactado en forma de coloquio o diálogo, la categoría del texto no se resiente por ello y trece años más tarde será publicado con el armazón de un tratado científico (Tratado breve y compendioso…), superando incluso el nivel de la primera edición. Rigurosamente, éste es el primer libro de odontología científicamente escrito, a nivel mundial.

    Siguieron la tesis doctoral De dentium affectibus, de Petrus Monavius,en 1579, y Recherche de la vraye anathomie des dents, nature & propriete d’icelles…, en 1582, de autoría del francés Urbain Hémard. No podemos olvidar tampoco, y lo ubicamos al final de esta serie de coetáneos suyos, el Libellus de Dentibus de Bartolomeo Eustacchio, aunque se trata de un libro más especializado, en concreto de anatomía dental.

    Ahora bien, ¿cuál fue la repercusión de esta incipiente literatura especializada? La edición de dichas obras tuvo lugar en Leipzig, Alemania (1530); Valladolid, España (1557 y 1570); Basilea, Suiza (1578) y Lyon, Francia (1582). En principio debemos decir que tuvieron una difusión de ámbito local. Todas ellas fueron ediciones inconexas, de tal manera que las que conforme fueron surgiendo posteriormente no citaron a las previas. Cada una se editó en el idioma de su patria, salvo la de Monavius, que al principio lo hizo en latín, pareciendo improbable que ninguno de los “dentistas” de la época, generalmente iletrados sacamuelas,
    solicitara otro ejemplar que el propio de su lengua, con el cual se defendería mal que bien.

    Sin entrar en sus contenidos y análisis más que de forma somera y descriptiva, quedan ordenados y expuestos individualmente estos primeros libros monográficos como sigue.

    El anónimo alemán Artzney Buchlein

    La más temprana de estas obras, de autor  esconocido, fue Artzney Buchlein…, editada en Alemania, en 15301. Este librito consta de escasas cuarenta y cuatro páginas (aunque el texto “útil” se reduce a treinta y ocho), cuyo título completo es: Artzney Buchlein wider allerlei kranckeyten nud gebrechen der tzeen (Opúsculo de medicina contra toda clase de enfermedades y defectos de los dientes).

    Nada se sabe sobre su autor y se han establecido algunas conjeturas, entre otras que pudo ser un librero quien, en algún momento de poco trabajo editorial, compusiera él mismo este práctico libro sin mayor compromiso que el de someterse a la autoridad de los clásicos de la medicina, varios de los cuales (Galeno, Avicena, Mesué y Celso) ya se anuncian en la portada.

    En cualquier caso, de la lectura de sus páginas no puede desprenderse el menor atisbo de que el autor ejerciera el arte dental, siendo nulas las referencias a posibles pacientes. Tan sólo la cita de aquel desmayo sufrido por un niño de “ocho o nueve años” que había acudido al maestro Lorenz, en Mittweida (villa de la región de Sajonia) para que le extrajera un diente, puede situarnos vagamente en la zona donde pudo vivir.

    Después de un prólogo en el que advierte de la importancia de mantener sana la dentadura pues sirve para masticar y pronunciar adecuadamente, divide el texto en trece capítulos. Los cuatro primeros versan sobre cuándo y por qué le crecen al niño los dientes, causas por las que se estropean (cita hasta diez), cómo ayudar a los niños para favorecer la erupción, remedios contra los dolores de los dientes (en dos grandes grupos, según la causa sea el frío o el calor). En el quinto trata sobre los dientes perforados y huecos, más adelante, de acuerdo a la “teoría etiológica” del gusano productor de la caries dental, recomienda los enjuagues y sahumerios destinados a eliminar a dicho “agente causal”. Sobre los abscesos, mal olor y putrefacción de las encías, indica un tratamiento destinado
    a la eliminación, mediante un instrumento al rojo vivo, del tejido enfermo. Por último, trata de la extracción dental. Breves consejos sobre el mantenimiento de los dientes sanos, ponen fin al escrito.

    Esta obra tuvo una gran aceptación, seguramente popular, y así lo demuestran las más de diez reediciones que sufrió en menos de un siglo, variando a veces las portadas. También se incluyó en algunos manuales de Medicina como Haus Apotek oder Artzneybuch (Botica casera o libro de medicamentos), editado en 1565. Sin duda que los prácticos a los que alude: aquellos que lo practican, refiriéndose a las obturaciones, o cuando trate del tratamiento de los dientes con movilidad, para lo cual hace falta la experiencia de un maestro, debieron aprovecharse de las enseñanzas ordenadas en esta obrita.

    El Coloquio… del español Francisco Martínez de Castrillo.

    El libro de mayor importancia, a mi juicio el primer libro propiamente odontológico como queda dicho, se editará, mediado el siglo XVI, en España bajo el título de Coloquio breve y compendioso…

    El hecho de que fuera pronto olvidado en su país y prácticamente ignorado en el extranjero, hizo que no se le tuviera en consideración hasta que, a principios del siglo veinte, algunos historiadores lo rescataran del silencio(2). El trabajo definitivo del erudito Dr. Francisco Carmona Arroyo(3) vendría a ponerlo en el lugar que le corresponde hasta el punto de que ha visto algunas reproducciones facsímiles e incluso una reciente traducción al francés(4).

    Fue su autor Francisco Martínez de Castrillo (ca. 1525-1585), personaje que en la dedicatoria de la obra al Príncipe Don Carlos, se declara su “capellán”, término cuya única acepción que registra es la eclesiástica. Ello quiere decir que los grados de Bachiller y Licenciado que luce en las portadas de la primera y segunda edición, respectivamente, no han de entenderse sino como grados en Teología. En ningún momento se nombra a sí mismo “médico”, antes al contrario, se dirige en tercera persona a los médicos en varios pasajes de la obra, a quienes achaca el abandono en que tenían las enfermedades buco-dentales.

    Martínez de Castrillo ocupó el más alto nivel profesional a que podía aspirar, esto es, el de “dentista” de la Casa Real española, sirviendo en ella hasta su muerte. Su salario fue equiparado al de los propios médicos y cirujanos, de ahí la gran confianza que debió
    suscitar en el mismo Felipe II a quien acompañó por Europa. La obra del español se va a caracterizar por la sistematización de sus saberes. Partiendo del concepto anatomo-fisiológico de la unidad dentaria expone las enfermedades propiamente dentales, su resolución terapéutica y, en lo que se muestra más avanzado, la importancia de la higiene como auténtico valor para la prevención de las mismas. La revisión de los clásicos de la medicina y la cirugía, y aun de la filosofía, le servirá de base para la interpretación de lo que su experiencia ha tenido la ocasión de comprobar.

    Así, pues, en el año de 1557 ve la luz, en Valladolid, el Coloquio breve y compendioso. Sobre la materia de la dentadura y maravillosa obra de la boca. Con muchos remedios y avisos necesarios.

    Y la orden de curar y aderezar los dientes. Como indica su título, se trata de un diálogo (coloquio) entre varios personajes que van trayendo cuantas creencias populares de tema odontológico se les ocurren, aunque con orden y sin omisión alguna, a fin de que el docto Valerio -tras el que se esconde el autor- dé respuesta fundamentada sobre su validez. Martínez era ajeno a la trascendencia que el libro podría tener en esta primera edición por lo cual optó, de acuerdo a las costumbres de la época, por la fórmula dialogada con un carácter quizá divulgativo. Bien puede comprobarse cuando en la segunda edición se ve obligado a estructurar el texto en forma de tratado pues la calidad científica del mismo había quedado demostrada con creces, exigiendo ahora un tratamiento más acorde a su categoría.

    El texto se divide en cuatro partes en las que se expone, sorprendentemente, todo el saber odontológico de la época, “excesivo” a tenor de la pobreza de lo escrito hasta el momento en el capítulo odontológico, incluso llega a negar por vez primera la llamada “teoría vermicular” según la cual eran los gusanos los responsables de la caries dental: Digo que en el neguijón no hay gusanos, sino que es una corrupción que se hace en el diente o muela como en otro miembro del cuerpo, y de esto tienen harta experiencia y son buenos testigos los barberos y maestros de sacar muelas, que ninguno de ellos podrá con verdad decir que halló en muela ni diente gusano, sino fuere alguno que quiere burlar.

    Este pronunciamiento constituía una verdadera primicia y aún habrían de transcurrir dos siglos hasta que Pierre Fauchard mostrara el mismo parecer, quizá sin tanta contundencia. La credulidad de la gente se basaba en los sahumerios que se practicaban a los enfermos afectados de caries, desprendiéndose unas pavesas que los curadores que aplicaban este remedio interpretaban como restos de gusanos que la excelencia de la terapéutica había eliminado. Aprovechando la corrección del engaño, se detiene a continuación en criticar la aplicación de ciertas hierbas y raíces como odontálgicas teniendo algunas de estas la propiedad de hacer caer los raigones con el simple contacto. Tan falsa es la propuesta que Martínez sentencia, tajantemente, que no hay tal hierba ni raíz, como el gatillo del barbero.
    El éxito del Coloquio… dio paso a una segunda edición en la que, debido a la calidad del contenido, se le pidió lo transformara en lo que en realidad se trataba: un tratado de odontología con su correspondiente estructuración. Así pues, en el año de 1570 veía la luz, en Madrid, esta versión con el nuevo título de Tratado breve y compendioso, sobre la maravillosa obra de la boca y dentadura que mantuvo el mismo fundamento científico atesorado por la práctica profesional de estos trece últimos años(5).

    Ahora desaparecen los personajes del coloquio y el mensaje se ordena en tres capítulos: definición del diente, forma, fines, número, posición y uso de la dentadura constituye el primero. El segundo trata de las enfermedades de la boca y la dentadura rematándolo un amplio comentario sobre casos extraordinarios.

    El último consiste en una regla general para la conservación de la dentadura en el que se aporta una serie de recetas con fines higiénico-terapéuticos. Uno de los mayores méritos del nuevo libro lo constituiría la aportación de la casuística personal del autor, quien a lo largo del texto expondría casos prácticos enfocados con pericia, desengañando al lector de otros tantos que acudieron en su auxilio tras sufrir los remedios seudocientíficos de los charlatanes. De no haber caído en el olvido, ¿habría descollado antes la odontología europea?

    La tesis doctoral De dentium affectibus, de P. Monavius

    Aportación muy interesante a la odontología de la época fue la del polaco Peter Monavius (1551-1588), de cuya vida y obra se ha ocupado con gran mérito la profesora Barbara Bruziewicz6.

    Nacido en Wroclaw, estudió la medicina en Wittemberg, Heidelberg, Padua y Bâle, donde redactó su tesis doctoral -bajo la dirección de Félix Platter- que defendería el 12 de enero de 1578 y sería posteriormente impresa. Instalado después en su ciudad natal, llegó a ser médico de Rudolf II de Habsburg y murió a la temprana edad de 37 años.

    Escrita en latín, su tesis lleva por título De dentium affectibus y es la primera que en Europa se escribió sobre cuestiones odontoestomatológicas. De extensión de 39 páginas, está dividida en 54 capítulos y dedica los quince primeros a la anatomía dental (particularmente interesado en constatar la existencia de la pulpa dental), su función, sus enfermedades y analiza su probable transmisión hereditaria. A partir del capítulo 35 se dedica al tratamiento de dichas enfermedades, asentado en una triple perspectiva: “vital”, profiláctica y terapéutica, y en esta última estarían indicadas tanto la extracción dental como la aplicación de cáusticos en el interior del diente, a fin de acabar con el dolor.

    No faltan tampoco remedios “generales” como la sangría o la aplicación de ventosas, sin olvidar los remedios farmacéuticos provenientes especialmente de los repertorios  botánicos, tan al uso de la época.

    Cuarenta años después de su impresión, fue traducida esta tesis al polaco, la lengua materna del autor.

    Urbain Hémard y su Recherche de la vraye anathomie des dents…

    En Francia, Urbain Hémard (1550-1630), cirujano del cardenal Georges D’Armagnac, en el año de 1582 editaba en Lyon una obra titulada Recherche de la vraye anathomie des dents, nature & propriete d’icelles… (Investigación sobre la verdadera anatomía de los dientes, su naturaleza y propiedad…), mencionada por Fauchard al citar las escasísimas obras odontológicas publicadas hasta la fecha de la edición de su libro Le Chirurgien Dentiste -véase más adelante-. En la portada puede leerse un avance del contenido: “con las enfermedades que les acaecen desde nuestra infancia hasta la última vejez, y los remedios más apropiados para una y otra edad.” Como aval de sus conocimientos alude en el mismo sitio a la autoridad de Hipócrates, Galeno y Aristóteles, además de otros modernos.

    Este libro fue concebido a raíz de una odontalgia sufrida por el cardenal, uno de sus escasos males a lo largo de su dilatada vida, quien preguntó a su cirujano sobre las causas y razones de un dolor tan fuerte así como otras propiedades que se encuentran en ellos más que en los demás huesos. Hémard inició así su empresa que publicó veinte años después con el fi n de instruir a los jóvenes estudiantes de la cirugía para que así elevaran la profesión al nivel que tenía en tiempos de Chauliac, uniendo a su habilidad sólidos conocimientos de terapéutica y, sobre todo, de anatomía.

    El libro, de 90 páginas de texto, se divide en 23 capítulos estructurados en una primera parte que trata sobre las cualidades generales de los dientes (6 capítulos de los cuales 3 explican su sensibilidad) y el desarrollo de la dentadura (7 capítulos de los que 4 se ocupan de la odontogénesis), y una segunda dedicada a la patología dental (10 capítulos, 4 de ellos consagrados a la terapéutica y el último a la profilaxis.)

    El soporte de su doctrina se apoya, a lo largo de 42 fuentes, en la literatura greco-latina principalmente pero también en algunos medievales (Avicena, Chauliac o Gordonio) e incluso algunos contemporáneos como Fernel, Rondelet o Paré. Sin embargo Eustacchio, que no aparece ni en el texto ni en los márgenes, donde sí lo hacen muchos otros autores, es su guía principal en la historia natural de los dientes, donde se llegan a apreciar capítulos literalmente traducidos. Como señala C. Gysel en su notable trabajo al respecto7, le “je” d’Eustache est toujours repris par Hémard.

    Hémard, que confiesa haber disecado mandíbulas y maxilares de fetos y de recién nacidos buscando gérmenes dentarios, demostrándose así su formación intrauterina, aporta en su obra conocimientos propios de quien se ha dedicado con alguna especial atención al estudio de esta parte de la cirugía. Sobre la presencia de gusanos en los huecos de los dientes, indica no haberlos encontrado todavía. Para curar las afectaciones dentales, una vez se haya tenido en cuenta que el humor que las ocasionó pudo ser caliente o frío, existirán medios generales (sangría, purgación, ventosas o sanguijuelas) o locales (astringentes y narcóticos), entre los cuales da cuatro prescripciones magistrales, entre ellas una de M. Michaut Errourd, docto cirujano de Montpellier.

    Las instilaciones en el oído son asimismo de gran efecto, pero a veces sólo bastarán para calmar el dolor y no remediar la podredumbre del diente, de ahí que la extracción sea en no pocas ocasiones su único remedio. Aunque bien es cierto que la cavidad puede ser rellenada con polvo coralino. El trasplante dental, por el contrario, no admite su aprobación.

    No es capítulo menor el dedicado a la profilaxis de las enfermedades por medio de la higiene. Buena calidad de comidas para prevenir la formación del sarro, higiene de los dientes mediante su frotamiento con una servilleta humedecida en agua o con diversos polvos, etc.

    Bartolomeo Eustacchio y el Libellus de Dentibus

    Considerado el primer anatomista dental, Bartolomeo Eustacchio (ca. 1510-1574) fue hijo de destacado médico aunque no hay certeza sobre dónde cursó los estudios médicos, quizá en Roma.

    Adquirió fama como médico, lo cual le llevó a ser contratado por el duque de Urbino, primero, y, después, en 1547, por su hermano, el Cardenal Giullio Della Rovere, a quien acompañaría a Roma dos años después. Ese mismo año, 1549, fue nombrado profesor de Anatomía de la facultad médica del Archiginnasio della Sapienza, donde por sus relaciones tuvo situación de privilegio para practicar disecciones gracias a los cadáveres  roporcionados por el hospital del Santo Spirito y la Consolazione.

    También fue médico de los cardenales Borromeo y Neri, canonizados respectivamente en 1601 y 1615 como santos Carlos Borromeo y Felipe Neri.

    Eustachio fue uno de los autores postvesalianos de mayor mérito. De él conocemos sus epónimos del conducto, la trompa y la válvula por él descritos. Fiel al galenismo heredado, estuvo enfrentado a Andreas Vesalio por lo contrario, si bien la observación directa con la realización de autopsias y los estudios de anatomía comparada hicieron de él un gran anatomista. En 1522 preparó una serie de 47 planchas de ilustraciones anatómicas, con la
    ayuda de Pier Matteo Pini, llevadas al cobre por Giulio de Musi. Al parecer fueron legadas a Pini -otros dicen que se depositaron en El Vaticano- y tras su muerte desaparecieron, pero más adelante el papa Clemente XI las compró a un descendiente de éste.

    El célebre Giovanni M. Lancisi, con la colaboración de Giovanni Morgani, las publicó en 1714 con el título Tabulae anatomicae Bartholomei Eustachi quas a tenebris tándem vindicatas, sin texto y siguiendo el orden de una disección vesaliana y en ellas se aprecia lo notable de su conocimiento, destacando como uno de los grandes osteólogos renacentistas. Entre 1562 y 1563 escribió varios tratados con el título de Opuscula anatomica.

    Entre ellos, en 1563 editó en Venecia el libro Libellus de Dentibus, primero en su género en cuanto que es el primer libro de anatomía dental8. Consta de treinta capítulos que conforman el mayor repertorio sobre anatomía dental realizado hasta la fecha. Nombre, tipo y sustancia; color forma y concavidades; número y tamaño; lugar, colocación, espacio y acoplamiento; forma en que están sujetos; incisivos; caninos; bicúspides y molares; tamaño de los molares; formas de los molares tanto en el hombre como en el mono; número de raíces de los molares; proporción y simetría en ambas arcadas; materia de que son generados; dientes desarrollados intra útero; teorías de Hipócrates y Aristóteles sobre
    la sustancia de los dientes; cómo toman forma y completan su desarrollo; material contenido en las concavidades (pulpa); membranas, vasos sanguíneos y nervios; cuándo emergen a través de la encía; nutrición y crecimiento; sobre la sensación de los dientes; utilidad; maneras antinaturales en que pueden formarse y varias afecciones naturales de los dientes, son los diferentes temas que se exponen a lo largo de la obra.

    De lo más destacable de este gran anatomista en esta materia son sus pioneros estudios sobre la pulpa dental, detallando su composición: nervios y vasos sanguíneos que recorren sus caminos dentro del diente, así como su percepción sobre su tamaño, mayor en la infancia pero disminuyendo progresivamente con la edad (capítulos 18 y 19). Asimismo, dejó escrita su valiosa impresión sobre el ligamento periodontal. Siguiendo las lecturas de
    Hipócrates, a quien atribuye minuciosas disecciones fetales en busca de los esbozos dentarios, describe la presencia de los folículos en el seno de ambos maxilares ya en la vida intrauterina. Él mismo practicó también la disección fetal y testificó su ubicación
    en sus correspondientes criptas.

    El último capítulo, titulado Varias afecciones naturales de los dientes, recoge algunos de los males de las piezas dentarias cuyo diagnóstico y tratamiento se esclarecen con el estudio de la anatomía. Muy sumariamente dicta algunas observaciones sensatas sobre la afectación de las estructuras estudiadas anteriormente y su solución, entre ellas el raspado del cálculo y el curetaje del tejido periodontal para que recobren firmeza los dientres afectados. Para Eustachio, el buen cirujano debe conocer previamente la anatomía dental para poder proceder a ejecutar correctamente las diferentes extracciones dentales.

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