Amédée J.L. François Talma, académico de la Real Academia Nacional de Medicina de España.

    Javier Sanz

    Los Talma.

    No ha sido rara en Francia la relación teatro-dentistería, al menos durante los siglos XVIII y XIX, quedando significada principalmente en dos grandes personajes. El primero fue Louis Lécluze (1711-1792), dentista del rey de Polonia y autor, por ejemplo, del libro Nouveaux élémens d’Odontologie… (Paris, 1754). Entre la familia Talma quizá uno de sus miembros oscurezca a los demás. Se trata de François Joseph Talma (París, 1763- 1826), hijo de un dentista establecido en Londres, que se correspondió profesionalmente con los empleos de escritor, actor y cirujano-dentista, si bien abandonó pronto esta profesión para dedicarse en plenitud, desde 1785, al teatro. En esta nueva profesión llegó a coronarse, hasta el punto de que sería identificado popularmente como “el actor preferido de Napoleón”, desde luego uno de los grandes dramaturgos de su tiempo. Sus contribuciones artísticas se vieron también ampliadas con otros aspectos como un nuevo concepto del diseño del vestuario de los actores. Dentista también, pero con dedicación exclusiva al arte dental, fue su sobrino Amédée J.L. François Talma, motivo de este trabajo.

    Amédée Jules Louis François Talma.

    Nacido en 1792, el currículo de Amédée Talma, como tantas veces en otros tantos autores, quedó expuesto en la portada de sus escritos. En sus Mémoires sur quelques points fondamentaux de la Médecine Dentaire, publicado en 1852, dice ser:

    -Doctor en Medicina en la Facultad de París,

    -Dentista del Rey y de la familia Real, de Su Alteza Real la Princesa Isabel Fernanda, Infanta de España, antiguo dentista consultor del Rey Luis-Felipe,

    -Caballero de las Órdenes Reales de Leopoldo, de la Legión de Honor, de N.-D., de la Concepción de Villa-Viciosa de Portugal, de Isabel la Católica de España,

    -Miembro correspondiente de la Academia Real de Medicina de Bélgica, de la Academia Imperial Médico-Quirúrgica de San Petersburgo, de la Academia de Ciencias, Bellas Letras y Artes de Rouen, de las Academias Reales de Medicina y Cirugía de Madrid, de Zaragoza, de la Sociedad de Medicina Práctica de París, de la Sociedad Real e Imperial de Medicina y Cirugía de Viena, de las Sociedades de Medicina de Florencia, Toulouse, Bruselas, Anvers, Lieja, Montpellier, Marsella, Lovaina, Douai, Malines, Boom, etc.

    Suficiente aportación biográfica es la reflejada en estas portadas. Se sabe cuándo falleció gracias a un testimonio de Brabant, quien dice, hablando de otro asunto como fue el porvenir de la estomatología y considerando a nuestro Talma como el primer estomatologista belga: C’est en 1856, huit ans avant la mort d’Amédée FRANÇOIS dit TALMA… Falleció, pues, en 1864.   

    Este acopio de títulos académicos y profesionales nos dan una idea del prestigio y reconocimiento de que gozó Talma en los foros médico-quirúrgicos europeos, entre ellos también la Real Academia de Medicina de Madrid, como deja impreso. Sobre ello queremos dejar constancia, en lo concerniente a cómo se produjo su nombramiento.

    Académico correspondiente.

    La Real Academia Nacional de Medicina de España comenzó como una “Tertulia literaria Medico-Chymica-Phisica” en 1733 y con las actualizaciones propias y algún mínimo cambio de denominación ha llegado hasta nuestros días, afortunadamente con sede permanente desde 1914. A mediados del siglo XIX la corporación continuaba rigiéndose por el reglamento de 1831, distinguiendo tres clases de académicos: de número, agregados o subdelegados, y correspondientes o corresponsales. El caso de los extranjeros hay que ceñirlo a esta última, pues los dos anteriores exigían residencia en la ciudad en la que asentaba la Academia, mientras que para ser académico corresponsal se establecía [capítulo II, 23] lo siguiente: Podrán serlo todos los que envien á las Academias noticias interesantes relativas á la Ciencia de curar, ó á sus ramos auxiliares, y que merezcan la aprobacion de aquellos Cuerpos; entendiéndose que perderán sus plazas, si por dos años continuos interrumpieren toda comunicación con la Academia á la que pertenezcan.

    En esas “noticias interesantes relativas á la Ciencia de curar, ó á sus ramos auxiliares” parece verse la presentación de una memoria sobre un tema sanitario como hasta la fecha se había venido haciendo en los estatutos previos a este reglamento, de fecha 1791, donde se establecían cuatro clases de académicos: numerarios, supernumerarios, asociados y correspondientes. Y sobre los terceros, se decía [estatuto V] que tampoco han de tener residencia fixa en esta Villa; y serán asimismo Nacionales y Extrangeros, precisando más adelante [estatuto IX] que La Academia podrá nombrar por Correspondientes dentro y fuera de los dominios de España aquellos sujetos con quienes juzgue ser util é importante tener comercio literario. Así las cosas, cualquier pretendiente habría de presentar [estatuto XII] junto con el memorial una obra ó disertacion relativa al ramo á que aspira pasando después a la censura por parte de dos o tres académicos numerarios que podrían a su vez comisionar a expertos para rechazar o aprobar la disertación, y en este último caso la leería el presidente ante la Academia, argüirían los académicos y finalmente se votaría su aprobación o reprobación.    

    Así pues, consta en el acta de la junta de 17 de septiembre de 1844:

    En seguida se leyo un informe que presentó el Sr. de Colodron á la Memoria que el Dr. Talma, cirujano dentista del Rey de los Belgas, remite á la Academia solicitando el titulo de Socio corresponsal. Esta memoria que trata de la conservacion de la dentadura y consideraciones sobre el arte del dentista le hacen acreedor al titulo que solicita.= La Academia aprobó el dictamen, acordando la expidicion del titulo.

    Ese mismo día fueron nombrados también por académicos los españoles Bartolomé Obrador y Juan Drumen, ambos en la categoría “de número”, los belgas Ch. Van-Steenkiste, De Meyer, Wemeer Van-Berghem, y Noets, todos ellos de Brujas, y Claeyssens, De Mersseman y Janssens, los tres de la Haya, todos los siete últimos en categoría de “corresponsales extranjeros”.

    Conforme a lo dispuesto reglamentariamente, Talma había presentado una memoria de su índole profesional que, una vez evaluada positivamente, daba derecho a la plaza solicitada si así lo aprobaba el cuerpo académico, como en efecto ocurrió, quedando registrado en el mencionado libro de actas. La memoria en cuestión, “que trata de la conservacion de la dentadura y consideraciones sobre el arte del dentista” no consta en el archivo de la institución, pero sí sabemos de un título suyo impreso el año anterior en Bruselas, con el título similar de Mémoire sur la conservation des dents et sur quelques préjugés relatifs a l’art du dentiste.

    Esta fue la memoria aprobada, en realidad un discurso de 65 páginas, muy espaciado, en el que habla de lo que advierte en el “Avant-Propos”, poner a disposición del público, en forma de consejos, su experiencia, con el objetivo de obtener una buena salud bucodental, sobre todo en la época en la que se ha completado el recambio de la dentición temporal y se inicia la etapa de la edad adulta y así lo remata en las siete conclusiones finales, destacando la necesidad de contratar dentistas para dar un servicio con enfoque principalmente preventivista en las escuelas de su país.

    Otras obras de Talma

    Talma dio a la imprenta otros escritos monográficos como los siguientes:

    De quelques affections douleurouses de la tête, déterminées par les altérations organiques, et spécialement par l’exostose de la racine des dents. Bruxelles, Société Encyclographique des Sciences Médicales,1844. (23 págs).

    De la structure des dents, de l’action pernicieuse exercée par le mercure sur ces organes et des dangers de l’emploi des pâtes mercurielles pour le plombage des caries dentaires. Bruxelles, De Mortier Frères, 1845. (31 págs.)

    Memoire sur quelques points fondamentaux de la medicine dentaire considerée dans ses aplications a l’hygiene et la therapeutique. Bruxelles, Chez J.B. Tircher, 1852. (245 págs).

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