La inteligencia artificial en la consulta

Dr. Manuel Ribera Uribe
JMD, DDS, PhD Profesor de Gerodontología, Pacientes Especiales y Prostodoncia, Presidente del Comité de Ética en Investigación y Medicamentos UIC (Universitat Internacional de Catalunya) Académico de la Pierre Fouchard Academy

En odontología, como en otras muchas profesiones, como en gran parte de la actualidad cotidiana, está de moda hablar de la inteligencia artificial. Los ingenieros, el Big Data y los algoritmos se han infiltrado por todos los rincones anunciándonos una vida mejor, más fácil así como la posibilidad de tomar decisiones de un modo más eficiente. Tengo que decir que ya llevo un tiempo leyendo artículos en revistas de distinto calado, incluso alguna revisión sistemática, que ponen en valor el impacto de la inteligencia artificial, pese a su difusa definición, en el ejercicio de nuestra actividad. Es por ello que vuelvo hoy al tema, convencido de la repercusión que el asunto va a tener en nuestro trabajo. Tengo la sensación de que la introducción de la IA en nuestras consultas va a ser equiparable al momento en que la S.S. White Company puso en funcionamiento el torno de aire comprimido sin engranajes, la primera turbina dental propiamente dicha que funcionaba a altas revoluciones. Fue el inicio de un cambio en el ejercicio profesional de los dentistas. Soy consciente de que los procesos de IA forman parte ya de escáneres digitales, de los sistemas de elaboración de alineadores, del diseño y planificación de prótesis y de un sinfín más de actividades que son una realidad en el mundo dental. Desde esta perspectiva no cabe duda de que la utilidad de la IA como herramienta para ayudarnos en la obtención de unos mejores resultados es incuestionable. Permítanme no obstante que me asalten un par de dudas sobre el tema. La primera es la constatación de que para elaborar patrones de decisiones es imprescindible la recopilación de múltiples datos personales que han de recogerse de las aportaciones, supuestamente anonimizadas, provenientes de nuestros pacientes. La complejidad de la captación de datos, su manejo y custodia es un auténtico reto ético de relativamente fácil solución teórica, pero de complejísima ejecución práctica. La segunda cuestión afecta a la propia definición de inteligencia como algo que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad. La realidad, nuestra realidad cotidiana, la que afecta a nuestros pacientes, puede ser sustancialmente diferente según el momento, la persona etc. Es una abstracción construida en aquel momento, para aquel paciente y por aquel profesional. Si bien la IA puede convertirse en una poderosa herramienta de ayuda, la tendencia generalizada cada vez más, a dejar en manos de la IA la toma de decisiones, puede paradójicamente alejarnos de la realidad. Me da la impresión de que hay una cierta tendencia a sobrevalorar las capacidades de la inteligencia artificial. No cabe duda de que nuestra especie ha producido mentes preclaras e inteligentes, personajes cuyas ideas han supuesto enormes avances en la calidad de vida del ser humano. Pese a ello, pese a ese enorme pool de inteligencia, la estupidez humana ha malbaratado en múltiples ocasiones las decisiones correctas. Si queremos sacarle todo el partido posible a la inteligencia artificial vamos a tener que seguir cultivando la inteligencia natural en las facultades y en la vida cotidiana porque, en la confianza de que la tecnología y los algoritmos nos sirvan de complemento, podemos obviar la poderosa acción negativa que supone la estupidez humana y su cerrazón.

«Si queremos sacarle todo el partido posible a la inteligencia artificial vamos a tener que seguir cultivando la inteligencia natural»

La utilización de la IA en el análisis de la toma de decisiones y de los resultados obtenidos con nuestros tratamientos, en nuestras consultas, serviría realmente para adecuar nuestro quehacer y probablemente supondría la constatación de que el conocimiento del resultado de nuestros actos puede suponer una cura de humildad, a la par que una normalización de lo que entendemos por excelencia. Por el contrario el reto que supone el manejo de grupos de datos reducidos, no estandarizados, con el riesgo de ruptura de la privacidad añadido, y la dificultad de adecuarlos a “la realidad de cada consulta” me hace pensar que , mas allá de la sistematización de la interpretación automatizada de imágenes, la expectativa del uso de la inteligencia artificial de manera influyente en los pacientes es aún un propósito con grandes expectativas. 

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