
No se si todo el mundo sabrá que el título de odontólogo nació en España a inicios del pasado siglo, en 1901. Odontólogos fueron los que cuidaron los dientes de nuestros abuelos y bisabuelos hasta el período 1944-48. Los que ya peinamos canas recordamos incluso a odontólogos ya mayores trabajando en lo que entonces era la Seguridad Social. A partir de entonces la odontología pasó a ser una especialidad de la medicina con el nombre de Estomatología. Supuso eso un cambio sustancial en la formación y en el reconocimiento social y profesional de los dentistas. En 1987, la presión de Europa y la necesidad de adaptación al marco europeo hizo que la Estomatología desapareciera y los dentistas volvieran a ser Odontólogos (licenciados en Odontología hasta que el Plan Bolonia los convirtió en Graduados en odontología). Independientemente de la integración normativa y de la adecuación formativa en Europa, la Ley 44/2003 de ordenación de las profesiones sanitarias (LOPS) dejó claro que odontólogos y médicos son profesionales sanitarios titulados sin ninguna relación de subordinación, con el mismo nivel de titulación, la misma responsabilidad, la misma capacidad diagnóstica (cada uno en su campo). Sobre el papel legalmente no hay desigualdad, sin embargo, la desigualdad existe obviamente desde el punto de vista estructural y organizativo.
La raíz del problema se encuentra por una parte en el sistema de especialidades. La medicina pública toma como eje el sistema MIR. Todos los médicos que trabajan en atención primaria son Médicos Especialistas en medicina familiar y comunitaria. Los dentistas que trabajan en Atención primaria son odontólogos generales (no hay ni MIR odontológico ni especialidades).
A Ortega y Gasset se le atribuye la frase “Un país que no cuida a sus profesionales, no cuida su futuro.” Los odontólogos públicos carecen por parte de la Administración del mismo reconocimiento que los médicos (pese a su igualdad jurídica y profesional). Tienen menor acceso a la carrera profesional, menor retribución base, diferente encuadre en los convenios y desde luego menor progresión profesional especialmente en el acceso a los puestos de gestión y planificación.
En España todo gira en torno al MIR. Los dentistas para aspirar al reconocimiento igualitario de modo real necesitarían “parecerse a los médicos especialistas”. No es así en otros países donde, desde el principio, la odontología se incluyó en el sistema de salud. Aquí la asistencia sanitaria se centró en la medicina hospitalaria y más tarde en la primaria. Los primeros médicos estomatólogos empezaron a integrarse en el sistema sanitario en los años 70 dentro de un planteamiento altamente restrictivo en cuanto a prestaciones para la odontología, planteamiento que persiste.
En todo este tiempo la realidad social ha cambiado y las estructuras administrativas no lo han hecho con la rapidez y la flexibilidad necesarias con lo que el sistema se ha vuelto injusto. Injusto para los pacientes por cuanto pretendiendo la equidad no la ha conseguido, al contrario, aumenta las diferencias. Y también injusto para los profesionales (en este caso los dentistas). Decía Napoleón que las instituciones deben adaptarse a las necesidades de los hombres, pero es que además deben reconocer el esfuerzo de los que las componen. La odontología pública precisa un gran cambio estructural y organizativo. El largo recorrido de los dentistas los ha llevado, de facto, desde el antiguo sacamuelas hasta llegar a estar profesional y legalmente al mismo nivel que los médicos. No se ciertamente a que espera la Administración para reconocerlo en todos sus aspectos.









