Sobre los epónimos (II)

Estudio previo para un repertorio de epónimos odontológicos

AUTORES:

Mª José Solera Piña.
Javier Sanz Serrulla.
Andrea Santamaría Laorden.
Manuela Escorial García.

LOS EPÓNIMOS EN MEDICINA

El uso de los epónimos en Medicina merece una mención aparte. La bibliografía médica eponímica es la más prolífica 1 de entre las distintas ramas científicas por una razón simple: la controversia suscitada. Si bien hay un sector que defiende su utilización, no son pocos los que justifican y anhelan su desaparición de la terminología médica. Por ello es posible encontrar algunos artículos que debaten la cuestión.

A continuación trataremos de exponer cuáles son las ventajas y los inconvenientes encontrados por sus defensores y detractores, con el fin de obtener una visión panorámica y objetiva sobre el asunto.

Argumentos en contra

Traducción

Una de las publicaciones sobre epónimos médicos más exhaustivas fue la llevada a cabo por Van Hoof en 1986 2 con un trabajo que puso en evidencia las dificultades para la traducción de los mismos. Realizó un análisis comparativo entre epónimos ingleses y franceses, demostrando cómo en demasiadas ocasiones no era posible mantener el epónimo de manera idéntica de una lengua a otra. En algunos casos las diferencias eran leves, afectando a ciertas precisiones que tampoco parecen resultar excesivamente perturbadoras: Langerhans’cells/ cellules épidermiques de Langerhans (células de Langerhans/células epidérmicas de Langerhans) o Hunter’s glossitis/ Langue de Hunter (glositis de Hunter/Lengua de Hunter). Pero también se encontraron multitud de ejemplos en los que el epónimo inglés poco o nada tiene que ver con el francés: Auspitz’s dermatosis/ Maladie d’Alibert-Bazin (dermatosis de Auspitz/ enfermedad de Alibert-Bazin), Kussmaul’s aphasia/ Syndrome de Worster-Draught-Allen (Afasia de Kussmaul/ Síndrome de Worster-Draught-Allen), Retzius ‘ fibres/ Filaments de cellules de Deiters ( Fibras de Retzius/ células filamentosas de Deiters), o casos en los que el epónimo existe en una lengua pero no en la otra: Harries’ syndrome/ Hypo-glycémie spontanée (Síndrome de Harries/ Hipoglicemia espontánea), Miller’s disease/ Ostéomalacie (Enfermedad de Miller/ Osteomalacia) o Mortimer’s disease/ Lupus vulgaire non ulcéré (Enfermedad de Mortimer/ Lupus vulgar no ulcerado), Nasopalatine canal / Canal de Stenson/ (Canal nasopalatino / Canal de Stenson/), Trigeminal impression/ Fossette du ganglion de Gasser (Huella del trigémino/ fosilla del ganglio de Gasser).

Su artículo demostró la confusión reinante en el terreno de los epónimos médicos y resaltó las dificultades que podía esperarse en su traducción. Concluyó que su uso debería mantenerse sólo para los “inextirpables”, pero para el resto, los epónimos deberían desaparecer. Lo que permanece son los síntomas y las enfermedades.

Lucha de poder: ley de Stigler y efecto Mateo 3

Otro de los inconvenientes asociados al uso de los epónimos en Medicina es que en algunas ocasiones, no reflejan la verdadera realidad histórica. Un epónimo generado a través del nombre propio del descubridor de una técnica, un instrumento o signo, trata de rendir homenaje al personaje que hay detrás. En ocasiones es la comunidad científica quien decide homenajear al investigador proponiendo su nombre y más habitualmente, es el mismo individuo quien utiliza su propio nombre con la clara intención de demostrar su autoría y su deseo de ser recordado. En este caso, el autonombramiento se inscribe directamente en el marco de la lucha por el poder científico.

Un ejemplo de epónimo otorgado por la comunidad científica para reconocer los méritos de un personaje particular (reconocimiento entre pares), es el caso de Röentgen. Su autoría en el descubrimiento de los rayos X no estuvo exenta de celos y envidias y fueron varios los que trataron de reivindicar el descubrimiento. Una de las reivindicaciones más virulenta fue la del científico Philipp Lenard, quien comparó a Röentgen con una matrona (si bien ella es la que muestra por primera vez al recién nacido, en ningún caso de la puede considerar como la madre). En este caso, los catorce términos eponímicos que fueron creados en honor a Röentgen no dejan lugar a dudas sobre quién ganó la batalla en la paternidad de los rayos X.

En el segundo caso, el del autoreconocimiento, la motivación dominante es la lucha por el poder científico. Rivalidades, intereses políticos, económicos, influencias, etc., han sido responsables de la aparición de epónimos que pueden cambiar de un país a otro, de un continente a otro e incluso de una región a otra. La precisión exigida al lenguaje científico, se ve seriamente comprometida ante este tipo de variantes y desacuerdos.

Tanto es así, que incluso se ha llegado a postular una ley acerca de la fiabilidad histórica de los epónimos, la ley de Stigler. Según ella, ningún descubrimiento científico recibe el nombre de quien lo describió en primer lugar. Esta ley fue formulada por Stephen Stigler, un profesor de estadística que reconoció que fue el sociólogo Merton el que llegó a esta conclusión antes que él. La ley de Stigler es en sí misma un ejemplo de la ley de Stigler. Merton se apoyó en el llamado “Efecto Mateo” para llegar a esta conclusión.

El efecto Mateo tiene su origen en un pasaje bíblico del apóstol San Mateo en el que se lee: Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, incluso lo que tiene se le quitará (Mt, 13, 12). En otras palabras, los ricos tienden a acumular más riqueza y los pobres tienden a acentuar su pobreza. En ciencias se puede decir que un científico reconocido tendrá menos problemas en hacer valer sus investigaciones que un investigador joven de menor reconocimiento. Un ejemplo de este efecto lo encontramos en la denominación de la Salmonella, un bacilo gram negativo que recibe su nombre por Daniel Salmon, el patólogo veterinario primer autor de la publicación sobre esta bacteria. Salmon era jefe del laboratorio pero fue uno de sus ayudantes, el médico Theobald Smith, quien primeramente aisló y descubrió la bacteria en cerdos.

En ocasiones la comunidad científica decide homenajear al investigador proponiendo su nombre y más habitualmente, es el individuo quien utiliza su propio nombre para demostrar su autoría y ser recordado

En cualquier caso, no hay que dejar de señalar que el reconocimiento científico individual va en contracorriente de la ciencia moderna (donde priman el trabajo en equipo e interdisciplinar), por lo que el uso del epónimo con la intención de auto reconocimiento, no parece tener mucho sentido en nuestros días.

Polisemia, sinonimia, homonimia 4

A pesar de contar con una serie de desventajas nada desdeñables, la inclusión de los epónimos en los diccionarios médicos equivale a una muestra de su aceptación y su consagración dentro de la comunidad médica. El análisis de estos diccionarios permite observar las distintas construcciones utilizadas para la formación de epónimos (variaciones eponímicas semántico-formales) y su comparación entre las diferentes lenguas.

Son varios los autores que coinciden en señalar que la polisemia, la sinonimia y la homonimia son los grandes inconvenientes de los epónimos, comprometiendo el nivel de precisión y de univocidad que ha de exigirse al lenguaje científico.

Por polisemia se entiende el significado múltiple de una palabra. Este fenómeno puede ser una fuente de confusión debido a la unión de múltiples conceptos al mismo epónimo. Así, el signo de Babinski, designa al menos cinco fenómenos distintos en la exploración neurológica y el conocido síndrome de Cushing hace referencia tanto al adenoma basófilo de la hipófisis como a los tumores del ángulo pontocerebeloso. En el caso de la Odontología tenemos el ejemplo de Black, apellido que ha servido para designar un instrumento, una clasificación de cavidades y un concepto histológico: cucharilla de Black, cavidades de Black y espacio indiferenciado de Black, respectivamente. Igualmente Camper designa tanto a un plano, como a un ángulo, una línea y un instrumento.

Pero la ambigüedad la pueden producir no sólo la polisemia sino también la homonimia. Es la cualidad de dos palabras de distinto origen y significado por evolución histórica que tienen la misma forma, es decir, la misma pronunciación (homofonía) o la misma escritura (homografía). Un ejemplo es el apellido Douglas, empleado en varias formaciones eponímicas que no dejan traslucir si su determinante es James Douglas, John C. Douglas o Beverly Douglas: abceso de Douglas/ injerto de Douglas/ giro de Douglas/ ligamento de Douglas/ fondo de saco de Douglas/ hernia de Douglas/ punción de Douglas.

Mucho más frecuente en el lenguaje médico es la sinonimia o proceso mediante el cual una misma realidad adquiere varios nombres. Aun siendo contraria a uno de los principales requisitos de todo lenguaje científico -la univocidad-, la terminología médica no ha podido evitar esta repetición ya que quienes forjan términos son también hombres que con sus disputas, sus deseos de destacar o simplemente por su “adanismo” o ignorancia sobre lo que otros hacen, imponen sus propios términos multiplicando innecesariamente el número de voces. Volviendo al citado artículo de Van Hoof, este autor encontró hasta 29 sinónimos eponímicos en inglés y francés. Así pues, es frecuente que una enfermedad, entidad, fórmula, instrumento, proceso o técnica se conozcan de forma distinta, no sólo en un mismo idioma sino también en lenguas diferentes, ya que no siempre existe un consenso acerca del descubridor o inventor. Un buen ejemplo es el síndrome de Paterson Kelly también referido como síndrome de Plummer-Vinson. En inglés existen hasta cinco variantes eponímicas: Plummer-Vinson syndrome, Vinson’s syndrome, Patterson-Brown Kelly syndrome, Patterson-Kelly syndrome y Paterson’s syndrome. Como ejemplos odontológicos podemos citar el síndrome de Sjögren, que en Francia se conoce como síndrome de Gougerot-Sjögren.

En el Diccionario Terminológico de Ciencias Médicas, aparece escrito: síndrome de Kelly-Patterson. Es decir, contiene un error gráfico al escribir Paterson con dos “t” y además invierten el orden de los nombres propios. La dificultad en su correcta escritura ortográfica podría señalarse también como un inconveniente más de los epónimos. Además, un problema particular atañe a los epónimos ingleses 5: no existe consenso en torno a la manera en cómo deben ser escritos, ya que un mismo epónimo como síndrome de Down aparece en algunos escritos como Down’s syndrome (empleando la forma posesiva) y en otros como Down syndrome (forma no posesiva). En general, la manera recomendada es ésta última, ya que es la forma en la que se emplean muchos epónimos en buscadores como MeSH o PubMed. Pero esta falta de consenso dificulta la obtención eficiente de resultados en las búsquedas realizadas a través de cualquier base de datos.

Poca fuerza descriptiva

Otro de los inconvenientes de los epónimos es su escasa fuerza descriptiva ya que no poseen la transparencia propia de las formaciones grecolatinas. Por ejemplo, el término de origen griego gastroenterostomía hace referencia a una operación quirúrgica que se utiliza para establecer una comunicación entre el estómago y una porción del intestino delgado. Si descomponemos este término podemos fácilmente entender su significado: gastro (forma prefija de gáster, gastrós: estómago, vientre) + enteró (intestino) + stóma (boca) y tomé (corte). Un proceso similar de descomposición en busca de significado no se puede aplicar con los epónimos.

En la gran mayoría de los casos, el término alternativo no eponímico resulta mucho más descriptivo y comprensible: Conducto de Bartholin / conducto sublingual, Operación de Caldwell-Luc / antrostomía maxilar, Perla de Epstein / quiste gingival del recién nacido.

El uso de una terminología más descriptiva puede ser una de las razones por la que los epónimos tiendan a desaparecer. Sin embargo, la sustitución de un epónimo por un sinónimo más descriptivo no está exenta de problemas. Puede darse la paradoja de que la forma sustitutoria cree una confusión mayor. En consecuencia, esta sugerencia debería ceñirse a casos individuales tras una cuidadosa observación del nivel de aceptación del epónimo. La primera reunión que formalizó el objetivo de reemplazar los epónimos por términos más descriptivos se realizó en 1895, cuando un grupo de anatomistas se reunieron para crear una nomenclatura anatómica que denominaron Basle Nomina Anatomica (BNA) y que pretendía ser el vocabulario de referencia de esta especialidad. El BNA consiguió reducir el número de términos anatómicos pasando de los 50.000 existentes a 5.528 términos aceptados.

Una iniciativa más reciente se dio en el 2011 durante el taller de Vasculitis desarrollado en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Allí se decidió que el síndrome de Churg-Strauss se cambiaría por granulomatosis eosinofílica con poliangeítis, la púrpura de Henoch-Schönlein por Vasculitis por Ig A y el síndrome de Goodpasture por enfermedad antimembrana basal glomerular. Para la enfermedad de Kawasaki, sin embargo, se decidió mantener su denominación eponímica por no tener una etiología claramente definida en el momento de la reunión y por su valor histórico.

Problemas éticos

Algunos autores proponen la eliminación de algunos epónimos que a día de hoy no se consideran éticamente aceptables. Un primer ejemplo es el síndrome de Reiter. Desde 1977 se lleva insistiendo en que este epónimo desaparezca, primeramente porque Reiter no fue el primero en describir la triada artritis / uretritis / conjuntivitis y en segundo lugar porque Reiter hizo experimentos médicos letales en los campos de concentración durante la II GM. Otro ejemplo en la misma línea es el empleo del término granulomatosis de Wegener, al demostrarse que el doctor Friedich Wegener estuvo implicado en las actividades del partido nacional-socialista alemán. Esta denuncia fue hecha por primera vez por el doctor Woywodt en la revista Lancet en 2006. Como alternativa, se propuso el término granulomatosis con poliangeítis.

Argumentos a favor

No todo han de ser inconvenientes. Al menos estos dos argumentos nos mueven en pro de aspectos no ya propiamente lingüísticos sino también humanos:

  1. Economía en el lenguaje En algunas ocasiones y siempre suponiendo que el significado del epónimo se conozca bien y sea comúnmente aceptado, su uso representa claramente una economía en el lenguaje. En caso de no utilizarlos habría que hacer una descripción relativamente extensa de la localización anatómica, signo, técnica, etc. Por ejemplo, resulta mucho más práctico hablar de la maniobra de Valsalva que de cualquier intento de exhalar aire con la glotis cerrada o con la boca y la nariz cerradas. En Odontología nos resulta mucho más sencillo referirnos a las clases de Angle que a las diferentes posiciones de la cúspide mesio-vestibular del primer molar superior respecto al primer molar inferior.
  2. Homenaje Esta ventaja hace referencia al lado más humanístico de la Medicina o la Odontología. La historia que encierra cada epónimo es, parafraseando a Ortega, un entusiasta ensayo de resurrección. Es un acto de gratitud y reconocimiento hacia quienes nos precedieron, dando color al lenguaje científico. ●

1 Conviene destacar las recientes aportaciones dirigidas por Díaz-Rubio, M: Epónimos en aparato digestivo. Madrid, You & Us, 2010. Epónimos en aparato respiratorio. Madrid, You & Us, 2011. Epónimos en cardiología. Madrid, CTO, 2016.

2 Van Hoof, H. Les eponymes médicaux: essaie de classification. Journal de traducteurs, Vol. 31, nº 1, 1986, pp. 59-84.

3 Merton, R. The Mathew effect in sciences. Science, January 5, 159 (3810), 1968, pp. 56-63.

4 Alcaraz Ariza, M.A. Los epónimos en Medicina. Ibérica, 2002, 4, pp. 55-73

5 Narayan, J., Sukumar, B, Nalini, A. Current use of medical eponyms-a need for global uniformity in scientific publications. BMC Medical Research Methodology, 2009, pp. 9:18.

 

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