
Era el año 2130. La ciudad despertaba con un murmullo apenas perceptible, un susurro de zumbidos metálicos que flotaban en el aire: taxis voladores surcando el cielo, obedientes a trayectorias invisibles.

El doctor G abrió los ojos cuando su despertador cuántico lo envolvió en una melodía sutil, elegida para acompasarse con sus últimas ondas cerebrales. La ciencia lo había confirmado: un buen despertar podía dictar la armonía de todo un día.
En la mesa, el desayuno orgánico aguardaba como un pequeño ritual de bienestar, diseñado al detalle por su entrenador cardiosaludable.

A sus 68 años, G mantenía la vitalidad de un atleta. Su único tropiezo había sido un diente perdido en un accidente deportivo, pero el Dr. V, su fiel ayudante, lo había devuelto a la vida gracias a células madre extraídas de la propia pulpa dental y modeladas en una impresora biológica tridimensional. Una proeza de la medicina y la tecnología.

Su clínica, especializada en ancianos, atendía a pacientes que superaban con naturalidad los cien años. En ocasiones, G relataba cómo había tenido que retirar viejos implantes metálicos, vestigios de una época en que la ciencia aún no comprendía los riesgos de lo inerte. Aquellos días quedaron atrás, sustituidos por una medicina exclusivamente biológica.

G era feliz en su rutina. Sabía, sin embargo, que aún le aguardaban largas horas de trabajo: al menos 15 semanales hasta alcanzar la jubilación, que las autoridades habían retrasado hasta los 87 años. Según la propaganda oficial, el sacrificio sería recompensado con décadas de bienestar, e incluso con la promesa de programas de antienvejecimiento. Pero a G le asaltaban dudas: ¿valía la pena prolongar la vida más allá de lo que dictaba el cuerpo?

De pronto, un sonido punzante se coló en su mente. Su compañera, con un suave codazo, le recordó que debía levantarse para acudir a la clínica; si no, que hubiera cotizado más, porque como autónomo no le quedaba más remedio que seguir trabajando.

Entonces, la ilusión se quebró. El calendario del móvil marcaba el año 2026. G, con sus 68 años doloridos, despertaba de su sueño. Sabía que debía trabajar al menos cinco años más para sobrevivir, aunque fuera a costa de fármacos. Frente al espejo, una lágrima silenciosa rodó por su mejilla. Y, sin embargo, al pensar en sus pacientes, en todo lo que aún podía ofrecerles, una leve sonrisa iluminó su rostro. Con ella emprendió el camino hacia otro día de labor.
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