
Médico Estomatólogo.
Catedrático de Odontología por la UEM.
Escritor y artista plástico
Aquella fría mañana de finales del invierno, los viandantes que pasaban por la concurrida plaza de España se preguntaban qué ocurría en el monumento a Cervantes. Las estatuas de don Quijote y Sancho Panza, no estaban. El caso, es que solo habían desaparecido don Quijote y Sancho Panza, mientras Rocinante y Rucio permanecían, en la misma posición con las que su escultor los había plasmado. Ambos animales, continuaban con la actitud de movimiento lento y apesadumbrado con la que habían sido concebidos., el caballo delante con la cabeza baja iba seguido del burro con las orejas altaneras.
Ante tal hecho, surgía la duda, si había sido un acto vandálico, por supuesto atribuible a la extrema derecha o algún grupo Yihadista, o tal vez, tan solo una gamberrada. Sin embargo, lo curioso era que la drupa y el ensillado de ambas monturas aparecía como si sus jinetes no hubieran sido arrancados violentamente de sus cabalgaduras, ya que se mostraban perfectamente vacías, dando la apariencia que el escultor las hubiera modelado sin ellos.
En esa noche de carnaval, dos sombras permanecen agazapadas en una calle estrecha, observando el paso de los transeúntes que regresan alegres y desorientados procedentes de alguna de las muchas fiestas que se celebraron en este Madrid moderno y bullicioso cercano a la Gran Vía.
La sombra más rechoncha, le dice a la otra más alargada:
- “Muy a la ligera ha caminado vuesa merced desde que descabalgamos”
- “Voto a Dios, que mis entendederas no me permiten saber que ha pasado” tan solo puedo recordar que caminábamos en busca de un barbero, que pudiera aliviarme este dolor que me aqueja, cuando de repente hemos entrado en este reino encantado y extraño. -contesta triste, la alargada figura. Y continúa, seguro que es obra del mago Frestón, que como sabéis me odia y procura hacerme mal en cualquiera de mis andanzas.
- ¡Frestón! – “la puta que lo pario”, seguro que tenéis razón vuesa merced, no podía ser otro. Pero señor ¿no puede ser que lo acontecido sea por el exceso de duelos y quebrantos que tomamos anoche?
- Sois un grandísimo bellaco al pensar eso, yo apenas probe vianda, mientras que vos disteis buena cuenta del festín que nos sirvió el ventero. Y algo encorajinado, añadió “por mucha cena, nunca la noche es buena”.
- ¡Ya!, pero, aunque tomasteis pocas viandas no hicisteis ningún asco a los pestiños y canutos que os sirvieron.
- El azúcar y la miel es manjar de dioses, más digno que las ollas podridas, de las que dais buena cuenta, a dos carrillos sin dejar reposar vuesa quijada. Además, en toda mi vida me han sacado diente ni muela ninguna. Debéis saber que «boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante».
- ¡Ya!, pero si no las tuvierais, el dolor que os aqueja, no os daría requiebros. Terminó la sombra rechoncha.
- Además, Señor, no quiero contrariaros, pero os recuerdo que perdisteis varias muelas y dientes, cuando aquellos pastores os apedrearon por atacar a sus ovejas. continuo Sancho.
- A lo que Don Quijote respondió: Aún continuáis diciendo que eran pastores y ovejas, no tenéis enmienda “bellaco”. Se trato de una batalla entre los ejércitos de “Alifanfarrón” y “Pentapolin” en la que yo me puse delante de los ejércitos de Pentapolin en defensa de los seguidores de Cristo. Puede que tengáis razón y sea algún raigón enfurecido que quedo sin ayuda durante la batalla y que con las viandas de anoche se vio solicitado.
Estando en esas conversaciones paso cerca de ellos una bella chica disfrazada de María Antonieta que no pudo evitar, mirarlos con admiración y estupor, por el sin igual realismo con el que ambas figuras representaban al caballero de la triste figura y su escudero. La armadura, la lanza sujetada, la barba lacia y puntiaguda identificaban claramente a uno, mientras que, los pantalones anchos sobre botas, chaleco sin mangas, y faja sobre voluminoso abdomen se identificaban claramente con Sancho Panza. Al verlos tan apesadumbrados, la muchacha les preguntó que les ocurría.
A la pregunta responde Don Quijote: “no puedo por menos reconocer ante tan singular belleza, que mis pesadumbres probablemente podrían ser liberadas por la mera actuación de un barbero que extrajera el mal que me tortura”
La muchacha, impactada por la forma de hablar del personaje, junto a la observación de su cara huesuda y descompuesta, que denotaba el gran dolor que padecía. Le dice: que cree que puede ayudarle, puesto que ella es odontóloga, pero que para ello necesita que la acompañe a su clínica, ya que, aunque es viernes, comprende la urgencia del problema.
Ni don Quijote, ni Sancho, saben que es un dentista, y menos un odontólogo, pero piensan que en ese mundo encantado en el que se encuentran, así es como se deben llamar a los barberos, por lo que aceptan seguir a la joven.
Los tres, bajan por la calle Leganitos, hasta la entrada del metro de la plaza de España, son las 12:30 y aún el acceso está abierto. Una gran cantidad de gente variopinta va llegando e introduciéndose por las escaleras. Hay disfraces de todo tipo, siniestros, princesas y príncipes, dragones, supermanes, caballeros andantes, algún Spiderman, y por supuesto el inefable Mickey Mouse. Todo ello, daba forma a un conglomerado, que tanto a Don quijote, como a Sancho, les resultaba altamente amenazador; y así, se lo hicieron saber a su benefactora.
- ¡“Voto a Rus” !, que el encantamiento de Festón ha hecho efecto, mi señor, – contesta muy preocupado Sancho a Don quijote.
- A fe mía, que tenéis razón, yo también estoy ciertamente atribulado por lo que ocurre, seguramente el malvado mago ha liberado a todas esas criaturas infernales, para quizá sembrar en mí el espanto y la duda; pero no lo conseguirá. Un caballero andante que lucha por su dama debe saber enfrentarse incluso a las huestes de Belcebú. – contestó encorajinado don Quijote al mismo tiempo que alzaba su lanza.
La muchacha, al ver el cariz que estaba tomando la situación intenta calmar a sus acompañantes, ya que piensa en su interior, que ha tropezado con dos locos.
- Por favor, nada es lo que parece tan solo es gente disfrazada que baja al metro, para dirigirse a su casa. Les dice.
- Bella dama, a vuesa merced, también os han embrujado, pero yo os liberaré dice alterado don Quijote. Por ventura no pretenderéis, que entremos en esa gruta que seguramente lleva a la entrada del averno.
La chica, piensa que lo mejor es seguir la corriente a estos dos infelices, que puede que estén drogados, pero ella es odontóloga vocacional y realmente le da pena abandonarlos a su suerte.
Durante su etapa de estudiante, Milagros, había sido actriz aficionada, de hecho, aún pertenecía a un grupo de teatro a, que incluso, de vez en cuando representaban a los autores clásicos del siglo de oro. Mientras, que otras, se dedicaban a teatro experimental.
El caso, es que decide entrar en su mundo, intentando convencerles, que si la hacen caso puede mitigar las dolencias, que los aquejan. Les cuenta, que realmente ella es una princesa investida con la orden de caballería por el mismísimo Amadís de Gaula. Se llama Pantalisea y que por tanto juró compadecerse de los afligidos. Como cualquier investido de bien tiene entre sus órdenes caballerescas cumplir con sus compromisos.
Ante tal revelación -don Quijote la responde -. Creo que es cierto lo que decís, ya había tenido noticias de vuestras andanzas ¡Bella y fuerte dama! También he oído hablar de vuestro caballero Silves, que valora no solo vuestra belleza sino también vuestra fortaleza.
Milagros, les comenta que deben entrar a la gruta subterránea, para desplazarse hasta el lugar donde ella pueda atender debidamente a Don Quijote. Les trata de convencer, que, aunque vean cosas muy extrañas, no deben preocuparse puesto que se encuentran bajo su mágica protección.
Los tres entran en la boca de metro de plaza de España.
- ¡Pardiez!, que teníais razón esto es cosa de magos, las escaleras se mueven y todos esos que bajan y suben parecen ciertamente embrujados. – Dice Don Quijote, mientras que Sancho espantado, no despega los labios.
- Confiad en mí, como veis cada uno va a lo suyo, sin meterse en ninguna pendencia. – Les inquiere Milagros, tratando de calmarlos. De alguna manera en su interior, se pregunta ¿si realmente, no serán los auténticos Don quijote y Sancho? Aunque, esto es del todo imposible, puesto que no son más que dos personajes de ficción. ¿Y sí se trata de dos actores, que la están tomando el pelo? Mas, sin embargo, la cara de dolor de Don quijote, le hace pensar que, aunque fuera así, el padecimiento no parece fingido.
Una vez en el andén, llega el metro pitando y chirriando al frenar en la estación, Don Quijote vuelve a alterarse; y enarbolando la lanza la dirige en dirección al tren, al mismo tiempo, que proclama a gritos: – atrás señora, yo os defenderé de este monstruo del averno que viene a devorarnos. Mientras, Sancho tratando de calmarlo le dice: – mirar señor, que son carruajes encadenados y no es ningún monstruo, ni dragón maldito. Por favor, señor, conteneos. Milagros, también trata de calmar a Don Quijote. No os preocupéis, esta es una serpiente conocida que nos ayudará a transportarnos al lugar al que nos dirigimos.
- Sí así lo decís, tendré que creeros, no en vano sois mi admirada Pantalisea, y en vos debo confiar, de acuerdo con las más elementales normas de caballería. Mientras, Sancho, mira con cierta complicidad a la odontóloga al ver que su señor parece calmarse bajando la lanza que había puesto en ristre.
La gente que contemplaba la escena no dio mayor importancia a lo acontecido. Posiblemente, eran unos pasados de la raya en una noche de carnaval como cualquier otra.
Por fin, el metro llegó a su destino, tras algunos incidentes, trasbordos y malentendidos con algún pasajero. La salida de la estación de Puerta de Toledo fue algo problemática, puesto que las “escaleras mágicas” estaban inusualmente estropeadas, Don quijote y Sancho subían penosamente las escaleras, siempre animados por Milagros.
¡A fe mía! Que esta salida del averno, casi me cuesta el resuello, dice un fatigado Don Quijote. Mientras, Sancho se queja de la falta de atención de su señor. – Ya os dije señor, que me dejarais la lanza y el escudo para poder subir mejor las escaleras.
- Un caballero andante nunca se desprende de su armadura, tan solo para algunos menesteres no ciertamente confesables. Responde orgullosamente Don Quijote.
El trio, sigue por la Gran vía de San Francisco el Grande donde se encuentra la clínica dental de Milagros. Una vez allí, la odontóloga le dice a Don Quijote, que debe desprenderse de la armadura, para poder sentarse en el sillón dental. Este se niega de forma vehemente, mientras Sancho Panza trata de aconsejarle que debe hacerlo, so pena, que los encantamientos y procederes, que Pantasilea le pueda aplicar no surtan efecto.
Pero el dolor arrecia y Don Quijote, claudica y acede a sentarse y a desprenderse de la armadura. colocándose en lo que, para él, no es más que un “potro de tortura diseñado por algún inquisidor, así, que por el bien de lo que le pueda ocurrir, le pide a Sancho, “que rece por el un millón de avemarías”. – No sé si podré rezar tanto mi señor-. Contesta un tanto atribulado Sancho.
- Reza- ¡pardiez! – Malandrín, que en situaciones como esta “parece bien poner una vela acá y otra allá”.
Una vez bien ubicado, ya, algo calmado Don Quijote, la odontóloga procede a explorar su boca. Se pone guantes, mascarilla e ilumina la boca de su paciente. Lo hace de forma rutinaria, con lo que comienza a visualizar unos dientes amarillos muy desgastados ubicados sobre una encía retraída. Al percutir con el mango del espejo uno de los cordales superiores, hace que Don Quijote suelte un quejido de dolor, acompañado de un cierre de sus puños. – ¡Voto a Bríos! Que me habéis hecho mucho mal. No seréis por ventura una bruja, que ha tomado la forma de Pantasilea para convencerme y vencerme; – dice iracundo el paciente.
-Calmaos, y confiad en mí-contesta la odontóloga, cuyo aspecto, al menos es curioso, ya que, va vestida de María Antonieta, con mascarilla y guantes de látex. Y añade: enseguida os aplicaré un bálsamo que os hará desaparecer el dolor.
– No será por ventura el bálsamo de fierabrás, cuyos remedios son infalibles – pregunta ya más tranquilo Don Quijote.
Milagros, le contesta: que, por supuesto es un derivado de tal bálsamo, también le explica que, para su aplicación, necesita que habrá mucho la boca, y que, además debe cerrar los ojos, puesto que sí los abriera durante su aplicación su efecto podría ser nulo.
A lo cual Don Quijote, acepta no sin mostrar bastante nerviosismo.
La odontóloga empapa un algodón en un anestésico tópico, que coloca suavemente en la encía. A continuación, empleando una aguja corta y fina, aplica lidocaína lentamente, mientras, comprueba como el extraño paciente, que aparece muy calmado, apenas ha notado la introducción del anestésico.
Finalizada la aplicación de la anestesia. Le dice a Don quijote, que puede cerrar la boca. Y le indica: “cuando notéis que vuestro mal se ha calmado debéis decírmelo”.
Trascurridos unos minutos, Don Quijote la dice: – ¡A fe mía! Que el ungüento que me aplicasteis es verdaderamente mágico. El mal que me aquejaba ciertamente ha desaparecido. ¡Oh! Pantasilea. Creo que no sois una impostora. A continuación, Don Quijote se levanta y pide su armadura.
Alto ahí caballero, el mal no está aún resuelto. – Le dice la odontóloga. Para que el resultado del encantamiento sea efectivo, es necesario que extraigamos totalmente el mal que lo ha provocado. Más, no os preocupéis, el bálsamo que os he puesto hará que la retirada definitiva de vuestra dolencia, no os cause la mínima zozobra. El pobre Don quijote, ya convencido accede a la propuesta de Pantasilea.
La odontóloga tumba al paciente y con un simple botador y gran habilidad consigue extraer sin el más mínimo dolor el cordal causante de los males del hidalgo.
- Ya está todo resuelto, dice Milagros esbozando una sonrisa.
- A fe mía, que todo lo que se ha escrito en los libros sobre vos, se queda corto bella dama, desde ahora podéis considerarme vuestro más ferviente admirador. Decidme, sí ya podemos partir.
- Desde luego, tan solo os recomiendo que realicéis enjuagues con agua salada, para que vuestro mal no continue. Hasta pronto admirado caballero. Cuando el sillón automatizado coloca al paciente en posición de salida. Don Quijote, y Sancho no pueden evitar su asombro, ante una silla mágica que se mueve por sí sola. Esta Pantasilea es ciertamente poderosa, “menos mal que todos sus saberes los dedica al buen facer”- dice un atribulado Don Quijote. Ciertamente señor le secunda el escudero.
Don Quijote y Sancho, parten sin saber a dónde van. Algo existía en el ambiente de esa noche mágica, que hacía que cualquier cosa pudiera ocurrir.
Al día siguiente, sin saber cómo las estatuas de Don quijote, y Sancho Panza, aparecen montadas sobre sus cabalgaduras. Tan solo un niño que pasaba por allí pregunta a su madre. – ¿Por qué la estatua de ese viejo barbudo parece que sonríe?










