LA TEORIA DE LA REINA ROJA Y LOS DENTISTAS

    Dr. Manuel Ribera Uribe, JMD, DDS, PhD Profesor de Gerodontología, Pacientes Especiales y Prostodoncia, Presidente del Comité de Ética en Investigación y Medicamentos UIC (Universitat Internacional de Catalunya), Académico de la Pierre Fauchard Academy.

    El calor me agota. Y no solo físicamente. Yo creo que tiñe mis pensamientos de un tono más sombrío y con ello los problemas parecen mayores y sobre todo las soluciones más lejanas. Les explico por qué.  Estamos llegando al final de un nuevo año académico y a las puertas de que un ingente número de nuevos dentistas se incorporen al ya de por si saturado mercado laboral y tengo la sensación de que estamos en el mismo punto que el año anterior. Una ley de especialidades “en capilla” pero que no sale, unos “numerus clausus” que no acaban de aceptarse, unas universidades expidiendo títulos a todo gas, una demanda social que no crece en demasía y una competencia cada vez más feroz. A falta de un sistema regulatorio y limitante consensuado por todos los actores parece que hemos puesto los ojos en que el control del mundo dental lo establezca la competencia. La pura y feroz competencia.

    A falta de un sistema regulatorio y limitante consensuado por todos los actores parece que hemos puesto los ojos en que el control del mundo dental lo establezca la competencia

     Puestos en esa tesitura de tener que aceptar la cruda realidad fuera bueno que este mundo competitivo fuese acompañado de la aceptación de las consecuencias de un planteamiento tan inmisericorde. El problema es que o no hay consecuencias o que quedan diluidas. Sería coherente que en ese mundo de competencia en el que predomina la ley del más fuerte como un proceso de selección natural, se quedaran por el camino los más débiles o peor preparados. Pero no, no es así. ¡No one left behind! ¡No dejaremos a nadie atrás ¡. Al más puro estilo americano. En la sabana los guepardos que no corren no comen y a las gacelas que no corren, se las comen. Nada resulta gratuito. En este mundo que parece tan cruel los dentistas que no se esfuerzan siguen trabajando, los estudiantes que medran acaban finalmente la carrera, las empresas que publicitan lo que no deben siguen existiendo y las instituciones ineficientes no acaban de volverse eficaces.

    En este mundo que parece tan cruel los dentistas que no se esfuerzan siguen trabajando, los estudiantes que medran acaban finalmente la carrera, las empresas que publicitan lo que no deben siguen existiendo y las instituciones ineficientes no acaban de volverse eficaces

    La verdad, no acaba de cuadrar eso con el proceso de selección darwiniana entendido como “la ley de la selva”. ¿Qué está ocurriendo? Juan Luis Arsuaga, (Premio Principe de Asturias), excelente divulgador y gran paleontólogo, sostiene que lo de Darwin no iba de supervivencia sino de adaptación. Y a esa idea se ha sumado el mundo (y el dental también). A adaptarnos. A acomodarnos y a aceptar que si fuéramos guepardos y no dentistas ya no haría falta correr a 100km/ h para cazar gacelas. Con correr a 80 km/h ya iríamos tirando porque ya casi no hay guepardos tan veloces. Ni dentistas tan esforzados. Y de todos modos seguimos comiendo (porque las gacelas encima también han bajado el ritmo). Y las Universidades siguen utilizando rankings que no evalúan ni el tiempo que tardan los estudiantes en acabar la carrera, ni la tasa de graduación, ni el abandono ni la satisfacción estudiantil y mucho menos la del profesorado, las profesiones tienen dificultades para establecer criterios objetivos en la medición de resultados clínicos (y tampoco entran al trapo), las instituciones relativizan el cálculo de la accesibilidad y de la cobertura pública. Me recuerda eso el célebre fragmento de “A través del espejo”, la continuación de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, en el que Alicia corre vertiginosamente de la mano de la Reina Roja (una ficha de ajedrez) y cuando se detiene después de tanto correr resulta que está en el mismo sitio. Debe ser que hemos pasado un año corriendo como locos para descubrir que estamos en muchos aspectos en el mismo punto y además no hay consecuencias para nadie. La Reina le dice a Alicia: “para llegar a otro lugar haría falta correr más rápido”.  La competitividad no parece haber servido de nada. Igual la respuesta está en otro clásico de la literatura infantil: El Rey Desnudo, de Hans Christian Andersen, y resulta que el sistema se convierte en un bucle infinito año tras año porque no hay nadie que se atreva a poner en evidencia que el rey está desnudo