Ética y Humanismo en la Estomatología y la Odontología del Siglo XXI: 

De la Normativa a la Inteligencia Artificial

Josep M. Ustrell Torrent
Presidente de la Pierre Fauchard Academy, sección española

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La odontología como profesión humanista

Es común que las personas en general e incluso nosotros mismos en la rutina diaria, percibamos la del dentista como una disciplina estrictamente técnica, como una ingeniería biológica aplicada a la cavidad oral. Sin embargo, si regresamos a la raíz fundamental de nuestra práctica, debemos recordar con firmeza que nuestra profesión es cuidar de personas que necesitan de la integridad de su boca. Por ello, afirmo que el núcleo de nuestra actividad es profundamente humanista.

El marco deontológico: más que normas

En el ámbito profesional, es esencial establecer y definir una distinción de conceptos que a menudo se prestan a confusión: la moral: que es el conjunto de creencias y valores privados de un individuo; la ética: que es la reflexión pública y filosófica sobre nuestra conducta; y la deontología: que es el conjunto de normas y deberes explícitos que regulan a un grupo profesional.

En resumen, la ética aplicada a la estomatología y a la odontología no es un catálogo de prohibiciones punitivas, sino una herramienta para la excelencia clínica. Nuestra práctica diaria se sostiene sobre los cuatro pilares fundamentales de la bioética:

  1. Autonomía: El paciente ha dejado de ser un objeto pasivo de intervención para convertirse en un sujeto activo de derechos. Tiene la facultad de recibir información clara y decidir sobre su propio cuerpo; lo que implica respetar su decisión incluso cuando, bajo nuestro criterio clínico, consideramos que se equivoca.
  2. Beneficencia: Nuestra máxima debe ser buscar el mayor bien para el paciente. No obstante, este «bien» ya no lo determina el profesional de forma paternalista, sino que debe ser definido en sintonía con las expectativas y valores del propio paciente.
  3. No maleficencia: Expresada en el clásico axioma primum non nocere. En el contexto del siglo XXI, donde la proliferación de franquicias y el marketing dental agresivo ejercen presiones comerciales desmedidas, la no maleficencia se traduce en combatir los sobretratamientos o los tratamientos innecesarios. El mayor acto ético hoy en día es saber cuándo abstenerse de intervenir.
  4. Justicia: Nos obliga a reflexionar sobre la equidad en el acceso a los servicios de salud. No es ético que la salud bucodental siga siendo percibida en muchos estratos como un lujo en lugar de un derecho fundamental. Este es el gran objetivo social que la profesión debe encarar.

Como recordatorio de esta vocación, en el que se conoce como Credo de Ricketts se nos señala que la vida del dentista debe ser una manifestación de amor hacia el prójimo, donde la búsqueda constante de la excelencia no es solo un fin técnico, sino un imperativo ético. Y en los Mandamientos de Font se nos recuerda que hemos de combatir, individual y colectivamente, la desigualdad social, promover el acceso a la educación y a la salud oral, y potenciar la educación sanitaria y los programas de atención especial a los sectores sociales más desfavorecidos. Ser un profesional mediocre es, en el fondo, una falta deontológica.

La relación clínica: escuchar, observar y comprender

El éxito de cualquier tratamiento odontológico no se mide exclusivamente por la adaptación marginal de una restauración o el éxito de un implante. El éxito radica en la manera como transmitimos la información y establecemos un vínculo sólido. La literatura científica nos demuestra que muchos de los conflictos legales en esta profesión no nacen de errores técnicos inevitables, sino de fallos en la comunicación y la interacción con el paciente.

Para articular una verdadera relación humana, debemos aplicar sistemáticamente distintas metodologías:

  • Escuchar: No solo el motivo fisiológico de la consulta, sino las expectativas reales, los temores del paciente y su contexto vital. El diálogo en odontología es un acto terapéutico en sí mismo.
  • Observar: Desarrollar la sensibilidad hacia el lenguaje no verbal. El miedo al sillón dental, la ansiedad o la desconfianza suelen manifestarse en una mirada evasiva o una postura corporal tensa mucho antes de que el paciente lo exprese con palabras.
  • Comprender: Ejercer una empatía activa. Conseguir la confianza del paciente es el núcleo sobre el que se construye la adherencia al tratamiento y la superación de las fobias de la consulta.

Asimismo, entendemos la atención de las urgencias dentarias no solo como una práctica clínica, sino como un imperativo sanitario y un compromiso humanitario ineludible. El dolor agudo y las complicaciones bucodentales no pueden someterse a las listas de espera convencionales, por ello, nuestra gestión operativa debería contemplar la reserva de espacios específicos dentro de la agenda diaria. Este margen permitiría atender las necesidades imprevistas con la inmediatez que el paciente requiere, garantizando que el alivio del sufrimiento y la resolución de patologías urgentes sean siempre una prioridad en nuestra dinámica de trabajo.

Como afirma Buxarrais, hay dos dimensiones inseparables en la práctica clínica: la perspectiva técnica y la perspectiva ética. En la técnica nos deberemos cuestionar sobre aquello que aprendimos y obtuvimos competencias, porque una actuación sin competencias técnicas puede causar daño. En la ética nos deberemos cuestionar sobre otro sentido, en aquello que debemos hacer, para favorecer el bien del paciente, es decir, resolver su problema.

No obstante, una intervención impecable puede ser éticamente cuestionable si se impone. Bajo este enfoque, el consentimiento informado deja de ser un mero trámite burocrático o un papel firmado a toda prisa para protegernos de demandas. Es un proceso continuo de diálogo, donde el paciente comprende verdaderamente los riesgos, los beneficios y las alternativas.

Además, la toma de decisiones ante un dilema clínico no debe ser intuitiva ni improvisada. El marco ético nos dota de un método riguroso: primero, identificar con claridad el problema; segundo, analizar las consecuencias de nuestras opciones, a corto y largo plazo; y tercero, determinar con precisión qué valores éticos y principios humanos están en juego.

El gran desafío: ética e inteligencia artificial

Estamos ante un punto de inflexión en nuestra era. La odontología del siglo XXI está plenamente inmersa en la revolución tecnológica. Actualmente, disponemos de herramientas de Inteligencia Artificial capaces de analizar series radiográficas, detectar lesiones de caries incipientes, trazar cefalometrías automatizadas, diseñar propuestas de rehabilitación protésica en cuestión de segundos o planificar una colocación de implantes de una forma ideal. Ante esta realidad, debemos plantear una postura de duda activa: ni un rechazo tecnofóbico que paralice la innovación, ni una adopción acrítica e ilimitada dictada por las fuerzas del mercado.

Garcés, en sus recientes reflexiones sobre la integridad de los sistemas frente a la IA, nos advierte de un peligro latente: la trampa moralista. Ésta consiste en reducir los problemas de la IA a un juicio de culpa individual o un mero control de fraudes, en lugar de entender que la integridad es una responsabilidad sistémica y colectiva. Los modelos de lenguaje y los softwares de diagnóstico no son simples herramientas neutrales, son artefactos tecnoculturales que arrastran consigo visiones del mundo, intereses económicos y sesgos de desarrollo. Coincidiendo con su filosofía, la enseñanza de la odontología tiene que añadir a su modelo tradicional la orientación hacia la innovación, capaz de adaptarse a los cambios en que la industria y la propia sociedad se están transformando.

Por ello, el despliegue de la IA en la profesión dental nos plantea dilemas éticos ineludibles que debemos controlar:

  • Responsabilidad final: Un algoritmo puede sugerir un plan de tratamiento óptimo según sus datos de entrenamiento, pero la IA no posee responsabilidad jurídica ni moral. Si una rehabilitación diseñada por un software falla o causa un daño, la responsabilidad ética, civil y/o penal, recae única y exclusivamente sobre el profesional que validó esa decisión con su firma. La IA es una ayuda extraordinaria, pero el profesional sigue siendo el director del tratamiento.
  • Transparencia y honestidad: Éticamente, el paciente tiene el derecho de conocer si las decisiones sobre su salud oral o el diseño de su rehabilitación están siendo delegados o asistidos por un algoritmo de IA. Ocultarlo debilita la confianza mutua.
  • Privacidad y soberanía digital: Al alimentar los sistemas de IA con radiografías, tomografías, fotografías clínicas y escaneos intraorales en tres dimensiones, estamos manejando datos biométricos altamente sensibles. Las clínicas y universidades deben ser transparentes sobre qué sistemas utilizan, dónde se alojan esos datos y asegurar que no queden desprotegidos ante corporaciones tecnológicas privadas.
  • El riesgo de la deshumanización y el sesgo: Si un algoritmo se entrena con muestras homogéneas de población, sus diagnósticos pueden presentar sesgos que perjudiquen a minorías o a pacientes con características anatómicas atípicas. Pero el mayor peligro en la delegación cognitiva es asumir que la máquina siempre tiene razón y perder nuestra propia capacidad de juicio clínico reflexivo.

La Inteligencia Artificial carece completamente de empatía. Un software puede procesar millones de datos clínicos por milisegundo, pero es incapaz de percibir el dolor emocional, de calmar el llanto de un niño o de mirar a los ojos a una persona enferma para transmitirle seguridad. La tecnología debe liberarnos de las tareas mecánicas y del procesamiento rutinario de datos para un único fin noble: devolvernos el tiempo necesario para ejercer la dimensión más humana de nuestra profesión en la clínica.

Educación, docencia universitaria y casos prácticos

Para asegurar que las futuras generaciones de odontólogos mantengan esta orientación ética, debemos transformar la docencia universitaria y los currículums de las facultades. Como revelan diversos estudios sobre la enseñanza de la ética en las facultades de odontología de España y Latinoamérica, no basta con incluir una asignatura teórica de legislación al final de la carrera; la formación en valores éticos y el humanismo deben ser competencias transversales integradas a lo largo de todo el trayecto educativo.

La misión de la universidad no es simplemente certificar profesionales eficientes basados en métricas de productividad o en la entrega de un «producto terminado», como un número determinado de extracciones, de endodoncias o de prótesis realizadas. Siguiendo las directrices estratégicas de integridad académica, debemos rediseñar los modelos de evaluación en las clínicas universitarias. Es urgente transitar desde la mera evaluación del resultado final hacia el seguimiento continuo del proceso de aprendizaje, promoviendo defensas orales y el análisis reflexivo de casos prácticos donde el alumno demuestre cómo llegó a una toma de decisiones ética y clínica (ECOEs).

Analicemos un dilema moral muy común en la práctica contemporánea, inspirado en las metodologías de análisis clínico:

Caso Práctico: Un paciente acude a la consulta solicitando un tratamiento de carillas estéticas de alta complejidad y elevado coste económico. Introducimos los datos en un software de IA de diseño de sonrisas y este genera una simulación digital impecable que fascina al paciente. Sin embargo, tras aplicar los pasos de Escuchar, Observar y Comprender, el dentista detecta que el paciente está atravesando una severa crisis personal y proyecta en la estética dental la solución a un problema de autoaceptación profundamente psicológico, descuidando además patologías funcionales de fondo.

¿Qué nos dicta la ética humanista? La técnica y el mercado nos dicen que «podemos» hacerlo y que la IA ya ha validado la viabilidad del diseño. Pero la ética profesional nos interroga si «debemos» hacerlo en este momento.

La integridad nos obliga a priorizar la salud integral de la persona por encima del beneficio económico inmediato, teniendo el valor profesional de proponer una pausa, explicar las prioridades de salud y orientar al paciente de manera honesta.

Conclusiones

La Inteligencia Artificial y la digitalización representan, sin lugar a dudas, los mayores avances técnicos de nuestra era, en la odontología del siglo XXI. Tienen el potencial de optimizar nuestros diagnósticos, refinar la predictibilidad de los materiales y revolucionar la terapéutica. No obstante, si despojamos a la tecnología de la base humanista y ética que hemos heredado de la tradición clínica y de nuestros maestros, corremos el riesgo inminente de convertir nuestras clínicas en talleres automatizados y al paciente en un mero número de producción masiva. Hemos de reflexionar sobre los valores personales y profesionales que queremos transmitir a nuestros alumnos.

La tecnología es, y deberá ser siempre, el cómo de nuestra profesión. Pero la ética, la empatía y la responsabilidad ineludible hacia el ser humano que sufre y busca nuestra ayuda deben ser siempre el porqué. La universidad y la clínica deberían configurarse como espacios donde se defienda el pensamiento crítico, el diálogo compartido y la confianza mutua.

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