
Hay quienes confían en que el verano borre las huellas, diluya las responsabilidades y consiga que lo que ayer era noticia hoy parezca no haber sucedido nunca.
Ingenuos. La memoria tiene la mala costumbre de sobrevivir al verano.
Durante meses hemos asistido a un desfile de “medallas” cada vez que una comunidad autónoma decía sí a las especialidades en odontología. ¡Qué éxito! ¡Qué capacidad de gestión! Y, por supuesto, qué grande era Óscar, que parecía conseguirlo todo.
Lo curioso es que, cuando llegó el momento de contar el desenlace, las trompetas dejaron de sonar. Porque no se consiguió nada. Y ahí empezó el ejercicio de discreción. Muchísima discreción. Casi tanta como hubo de propaganda.
Cuanto más alto se coloca el pedestal, más ruido hace la caída. El problema es que, en este caso, el golpe no lo recibe quien se subió al pedestal. Lo recibe la profesión.
Cuando un gran proyecto fracasa, lo razonable suele ser asumirlo. Reconocer que no salió y permitir que otros lo intenten de nuevo. No pasa nada.
Los dirigentes también pueden equivocarse. Incluso pueden fracasar. Lo verdaderamente difícil —y, por eso mismo, lo verdaderamente honorable— es reconocerlo.
Porque después de 35 años ocupando cargos colegiales, uno puede llegar a confundir fácilmente el honor de servir con el derecho a seguir sirviéndose indefinidamente.
«Uno puede llegar a confundir fácilmente el honor de servir con el derecho a seguir sirviéndose indefinidamente.»
En vez de abandonar el escenario, siempre queda un recurso: cambiar el decorado.
Nada de irse. Nada de asumir responsabilidades. Se cambian los Estatutos, de forma subrepticia y atropellada, porque lo que urge no es la reforma, es cambiar el decorado.
Y, ya puestos, introduzcamos limitar los mandatos. La idea, en sí misma, no parece precisamente descabellada. De hecho, limitar el tiempo de permanencia en los cargos puede ser una saludable medida de higiene institucional.
La sorpresa aparece cuando descubrimos que la limitación de mandatos es para los demás.
Para los que vengan: dos mandatos. Curioso planteamiento por quién ya está en el tercero, en ese cargo, y se blinda para llegar al quinto.
En ocasiones el problema se descubre en la letra pequeña, aquí en la disposición transitoria que dice: La limitación a la reelección de mandatos que se introduce en el apartado segundo del artículo 62 se aplicará a partir de las primeras elecciones celebradas de conformidad con lo dispuesto en los presentes estatutos, momento a partir del cual comenzará el cómputo del número de veces que pueden ser objeto de reelección.
Si la permanencia indefinida en los cargos es mala para la institución, debería serlo independientemente de quién ocupe el despacho. Si cinco mandatos son razonables para mí, quizá haya que explicar por qué son dos para los demás.
La odontología necesita instituciones fuertes, transparentes y capaces de renovarse. Necesita dirigentes que sepan conseguir cosas, pero también que sepan reconocer cuando no las consiguen. Necesita menos autobombo y más resultados.
Cuando las medallas empiezan a pesar más que los resultados, quizá haya llegado el momento de preguntarse quién está trabajando para la profesión y quién está trabajando para conservar el puesto.
Y quien no sea capaz de entender esa diferencia debería recordar algo tan sencillo como incómodo: ningún sillón es propiedad de quien lo ocupa.
Pero todo esto no olvidemos que ocurre porque una asamblea de presidentes lo avala. No deja de sorprender como presidentes de colegio a los que, en muchos casos, aprecio y realizan una brillante gestión en sus colegios, en Madrid se comportan como sumisos y temerosos parlamentarios de una dictadura.
Revisando la hemeroteca, desde el año 1987 en que dejo la presidencia del Consejo General D. Ignacio Gallastegui Iturbe, poco o nada se puede decir que se haya conseguido para la profesión desde el Consejo.
Tal vez no lo he comprendido y la idea sea convocar nuevas elecciones y marcharse una vez aprobados los nuevos estatutos, pero mira por donde que me resulta una salida demasiado honorable para lo que estamos acostumbrados . La esperanza, aunque utópica nunca debe perderse, así que esperemos el desenlace, con paciencia y en posición de descanso.





