En nuestra especie humana, el mentón se muestra con una gran variabilidad y a menudo se identifica como un rasgo de belleza facial. Ocupa la vertiente anterior basal de nuestra mandíbula, en posición muy prominente con respecto a su región más superior donde se encuentran los alveolos que alojan las raíces de los dientes anteriores. Este hueso alveolar experimenta una reabsorción progresiva con la edad que retrae nuestro perfil hacia dentro y acaba dando a nuestra apariencia facial unos rasgos seniles, sobre todo si se pierden los dientes. Pero, paradójicamente, la proyección anterior del mentón se mantiene intacta durante toda la vida.
Existen distintas hipótesis que tratan de explicar por qué se desarrolló el mentón en el Homo sapiens, aunque probablemente el proceso evolutivo para ello siguió un recorrido multifactorial. El punto de partida inicialmente admitido por la ciencia residía en que, al hacerse más pequeña nuestra dentadura, sobre todo los molares, el hueso alveolar de la mandíbula en el que se insertan las raíces de los dientes también se habría reducido, por lo que, como consecuencia pasiva, acabó sobresaliendo falsamente la parte inferior. Pero, lamentablemente, esto no lo explica todo, porque, recientemente, se ha comprobado que el mentón se forma por la osificación incremental de unos primordios cartilaginosos en nuestra fase de embrión. En consecuencia, la retracción del hueso alveolar propiciada por unos dientes y sus raíces de menores dimensiones no puede explicar el hecho de que es la propia cara la que crece hacia delante en la zona de la barbilla a partir de esos cartílagos embrionarios.
Nathan Holton, experto en biomecánica craneofacial de la Universidad de Iowa sostiene que una de las razones de que el mentón sea tan interesante es que somos los únicos homínidos que lo tienen. ¿Habían recalado alguna vez en que no existe ningún primate con mentón?. El propio Holton plantea que podría ser el resultado de una adaptación progresiva del tamaño y la forma de la cara a medida que nuestros rostros se hicieron evolutivamente más pequeños. En este sentido, la cara actual de los seres humanos tiene aproximadamente un 15 por ciento menos de superficie que la de los neandertales.
El yacimiento que ha proporcionado más fósiles humanos de la historia es la Sima de los Huesos de Atapuerca, de unos 450.000 años de antigüedad. En su estudio, todo parece confirmar que la evolución de los neardentales empezó en su cara, como una adaptación de carácter biomecánico relacionada con el uso de la boca, especialmente de sus dientes. Más adelante se remarcaron nuevos rasgos en la cara y se modificó considerablemente la cavidad craneal, haciéndose más esférica y globosa dando lugar a la aparición de una frente vertical. Llamativamente, es entonces cuando se comenzó a observar por primera vez en la historia de la humanidad el carácter distintivo exclusivo que es el mentón.
Es por ello que el célebre y acreditado antropólogo español Juan Luis Arsuaga argumenta en su libro Vida, la gran historia, que sólo después de que aparecieran las características dentales y esqueléticas que definen a nuestros antepasados directos aconteció la gran encefalización y que no ocurrió al revés, como falsamente llegó a creerse. Es decir, primero ocurrió la modificación dental y esquelética que permitió ocupar un nuevo nicho ecológico al modificarse nuestra dieta tras haber bajado de los árboles y luego creció el encéfalo, al poder disponer de niveles de glucosa en sangre garantizados por el tipo de alimentación, masticación y nutrición para mejorar esa adaptación.
Aquellos seres precursores de los humanos descubrieron e hicieron uso del fuego, elaboraron artículos de subsistencia como vasijas de madera, trenzaron tejidos a mano y comenzaron a domesticar los animales y a criarlos. Sembraron y transformaron la tierra con instrumentos de trabajo y construyeron el lenguaje hablado. Así evolucionaron a grupos cada vez más cooperativos y estructurados que estaban menos orientados a la pelea para apropiarse del territorio y sus pertenencias y más dispuestos a hacer alianzas evidenciadas mediante el intercambio de bienes e ideas en el seno de incipientes y primitivos asentamientos sociales, dejando registro en diversas manifestaciones simbólicas, precursoras de futuras expresiones artísticas. Todo ello ocurrió después de que, en su boca, sus dientes hubieran comenzado a disminuir de tamaño.
El desenlace podríamos resumirlo en que el Homo sapiens se autodomesticó. Arsuaga ha reflexionado sobre el comportamiento de la agresividad en la evolución humana y concluye que algunas respuestas las podemos encontrar en nuestros propios ambientes observando a los animales domésticos con los que convivimos y podremos comprobar que su comportamiento es mucho más pacífico e incluso lúdico que el de las especies salvajes de las que proceden. Lo cierto es que nuestros antepasados fueron haciéndose a sí mismos más dóciles, y este hecho fué determinante porque se indujeron cambios en los niveles hormonales de nuestra especie con manifiesta reducción de la testosterona, dando como resultado cambios físicos secundarios notables en la región craneofacial: el rostro se hizo más pequeño y se creó una oportunidad natural para que emergiera el mentón humano que tuvo que ver con la forma en que cada rasgo anatómico de la cara se adaptaba a medida que aumentaba el tamaño de nuestro cerebro después de que hubiera disminuido para siempre el tamaño de nuestros dientes. Esto le permitió formular a Jerison que no fue la inteligencia la que guió la evolución de los seres humanos, pero la respuesta definitiva a todo ello quizás se encuentre en nuestros dientes y sea el mejor testigo nuestro mentón.
Cada vez que ahora miren el rostro de un primate recuerden que no encontrarán mentón. Los antropólogos ya saben que, si cuando encuentran una mandíbula fósil, ésta tiene mentón, es que perteneció a un ser civilizado. Pásese la mano por el suyo y acaricie sus 80.000 años de evolución.








